Ájax en el infierno (1945) - jorge eduardo eielson

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ájax en el infierno (1945)
jorge eduardo eielson

Ájax avanzó por entre los cedros con una linterna en la mano.
El cuchillo al cinto brillábale con el movimiento sombrío de su cuerpo bajo el overall.
Olía ya al enemigo. Sólo le faltaba saltar una tranquera.
Los faros de su automóvil se hundían profundamente en la noche, partiéndola en dos:
de un lado la flora verde; del otroel tablero tibio del establo.
Llegó por fin a la tranquera. La salvó.
Un violento perfume como un rayo de heno lo sacudió
de la cabeza a los pies. Creyóse ciego entonces,
hundió el pie en una cuba de leche y cayó en tierra,
sin poder abrir la boca.

Allí lo lamieron las vacas, las ovejas apoyaron
sus dulces pechos algodonados en su cuchillo y
diéronse muerte una auna.
Las cabras, como grandes estrellas de cuerno,
con el pellejo seco, caldearon su corazón,
durmiendo sobre él, meándose y defecando sobre su blanco cuerpo.

Ájax movía su cuchillo dormido en medio del establo,
postrado en el haz de luz de su automóvil.
La sangre de los carneros degollados, de las vacas,
de los cerdos, brotaba y corría por los muros en cañoscalientes y sordos.
Él, hijo de Telamón, cuyas armas hendían la vid ceremoniosa y arrancaban sus racimos de lo alto del cielo; él, derribado y levantado en Troya, sobre grupas de caballos; petrificado por Némesis en el pórtico del Levante; envuelto en siete pieles de bueyes por Hércules, caía ahora como una mosca en un pozo de leche de automóvil.

La sangre a su alrededor seguía manando.
Lasangre llegaría al cielo.
Cuando pudo levantarse, al día celeste, Palas lo recibió con una estrella de mármol en el establo. Él bramó de dolor. Los músculos del estómago abriéronsele en gajos de naranja. La escupió salvajemente y le arrojó la lechuza hierática a la cara.
—¡Detened esta sangre de borregos —gritó—, detened esta sangre cobarde!
Ella no le respondió.
Escuchaba el rumoragorero.
La sangre no se agotaría nunca.
Por toda la eternidad seguiría manando del cuerpo de las bestias.
Subiría más allá del cielo, de la noche, de los astros, hasta mojar los pies tempestuosos de Zeus en el Olimpo.

Los animales bramaban sin cesar, lamíanlo con amor.
Sus cabezas calientes se aplastaban a su torso frío,
besábanle las manos como racimos de uva tibia.El menor rasguño lo salvaría, pero todo era allí suave aliento y ubre llena y grandes ojos abiertos como avellanas en su regazo.
La fuerza de los bueyes husmeaba sus talones, ya casi lo empujaba,
pero su cornamenta emplumada pronto caía ante él como un abanico, sin tocarlo.
Palas, junto al relieve sangriento del establo, permanecía muda.

Las cabezas de las bestias rodarían porarroyos a las praderas, a los valles, a los bordes mansos de los arrecifes sombreados de yedra azul.
¿Qué había sucedido, oh tinieblas?
¿Por qué esta sangre en libertad, estas ovejas degolladas?
Como un triste porquero, aquel gigante deslumbrado por una mortal civilización, se aferraba a una rueda de hierro, los ojos curtidos por la electricidad, el rostro cubierto de aluminio.Como un dios futuro entre los cerdos, moviendo las poleas del naranjo bajo tierra o acarreando fuego al fondo de los mares.

¿Quién era él, vestido de goma, muñeco
subterráneo y maldito, quién era él ahora?
Tecmesa ya no estaría a su lado, ya no dormiría con su mano de media luna sobre su corazón, ni amamantaría a sus hijos ni le daría su cuerpo de grandes senos altos como cometas.Tecmesa sería acaso un bello animal estéril y transparente, con el útero de vidrio.

El seguía tendido en el establo.
De pronto dio un salto y se abalanzó contra Palas, esgrimiendo una llave inglesa.
Ella se dejó atacar sin protesta. Su cabeza de mármol rodó en el pajar,
su busto partióse en bloques de nieve como una paloma en el aire.
Ájax lanzó un grito de triunfo.
Pero...
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