1910

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La vida del delito y de la prostitución

He visitado muchas veces, de noche, las cárceles de la ciudad. Qué sombríos y fríos corredores, en la escasa luz del gas mortecino. Allí están hacinados los criminales, tirados en el suelo con las ropas en pedazos y la piel llena de mugre, aceitosos y hediondos, con los ojos insolentes, abiertos en la penumbra, la boca procaz y blasfema. Los himnos delcinismo suenan y retumban a lo lejos en las largas casamatas. Describen los descensos de las juveniles energías y en vez de las frescas maravillas del alma sana, cuentan facinerosas historias de noches lóbregas, de brillos de puñales entre la luz sucia de los faroles, de angustias y estertores de caídos y de gritos de misericordia, historias de corazones de podredumbre, lamentos interminables dela moral muerta. ¡Y siempre el ataque al hombre, a su dinero, a su vida y honra, a la casa inviolable! Más que personas, así tirados sobre los pisos desnudos, buscando el sueño que no llega, o durmiendo inconscientes sobre sus delitos, parecen espectros con el rostro y el cuerpo escuálido en sus funestas demacraciones, una legión de larvas que no hubieran tenido nunca semblanza humana, losdeshechos vivientes de un mundo que hubiera desaparecido, la tétrica concepción de un Dios demente y brutal. Yo he sentido, visitando esas cárceles, todas las satánicas soberbias. Allí los hombres retan a duelo las leyes. Han robado y estuprado; son asesinos y tienen las jactancias insolentes. ¡Contra todo y contra todos! Han perdido la libertad del cuerpo; pero no se resignan, y saturada de enconos, lamente bebe la ponzoña en los diabólicos conciliábulos, protesta y amenaza. ¡Ah! de los hombres, el día que el sol les caliente las carnes. ¡Ah! de ellos ¡el día que hayan roto la cadena y el aire libre los envuelva! No habrá sido estéril la educación recibida en las puercas zahúrdas de los presidios, ni los días largos y solitarios, sin familia, obligados a ver siempre la mueca hostil de loscarceleros, sin más melodías que el paso del centinela cerca de las puertas, el estampido de la culata del fusil al caer en descanso y el rechinar de los llaveros oxidados. Y han de recordar, en las horas de libertad, el hielo de los inviernos grises, que filtra apenas a través de los polvorientos tragaluces, y los eternos silencios de las noches tenebrosas, llenos de bruscas pavuras y de visiones.Recordarán los pies fríos, las orejas frías en su incipiente gangrena, la enfermedad sin medicamentos, las hambres sin más esperanzas que el puchero lardáceo con ascos de carnes y de legumbres en putrefacción; porque en la cárcel desaparece el hombre y se transforma en una cosa sin dignidad y sin perdón. Por eso, en ese salvaje sufrir, las fuerzas del delito se multiplican, las psicologías que llegantodavía allí con algún rayo de sol de bondad, se entenebran y lo que tal vez pudo ser corregido y mejorado por las benevolencias, se exacerba por el látigo y adquiere en la amoratada equimosis del grillete la crueldad incompasible.
Los que castigan son iguales a los que delinquen, porque el hombre ha nacido para oprimir al hombre. No entusiasman los apóstoles que predican los divinos problemasde la caridad, el amor a los niños y el respeto por la vejez caduca. ¿Qué han conseguido? Pasaron sus catilinarias sobre la testuz de los conductores de pueblos, sin dejar retoños. Estos no se han incomodado, ni acercado siquiera a lamer las úlceras de los prisioneros para la cicatriz limpia y sana, y aunque heridos alguna vez por el grito de la justicia, han abierto, a pesar de eso, las fauces,para precipitarse sobre la desventura delincuente y desgarrarla. Así las cárceles están llenas de muchachos desamparados, que duermen al lado de los grandes criminales. Yo los he visto. Uno me cuenta que los padres a bofetadas lo arrojaron de la casa. Robó un pan para comer. El dueño lo amenazó y él defendía su pan, cuando le enterraba el cuchillo en el vientre. ¿Quién le enseñó a trabajar?...
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