7 Ahorcados leonid andréiev

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  • Publicado : 19 de noviembre de 2011
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Siete Ahorcados |
Leonid Andreiév |
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Colaboración de Chantal López y Omar Cortés |
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Este Libro, es uno de mis favoritos, me he dado la tarea de revisar que este completa esta versión, dado que es muy complicado de conseguir, me di a la tarea de compartirlo inicialmente con laspersonas que admiro y quiero, que además sé que lo leerán, podrá tener ciertas faltas como vocabulario local, que no se explica en esta edición o bien la carencia de cursivas y otros contrastes, pero con mucho afecto. |

CAPÍTULO I
¡A la una, precisamente, excelencia!

El ministro era un tipo extraordinariamente obeso y propenso a los ataques apopléticos, por lo cual, y para prevenir lospeligros de una emoción fuerte, hubieron de emplearse toda clase de precauciones para comunicarle que se iba a atentar contra su vida. Al ver que recibía la noticia con serenidad y hasta sonriente, se le comunicaron los detalles. El crimen se cometería a la siguiente mañana, cuando la víctima se encaminase al Consejo. La policía había descubierto el complot por una delación, y vigilaba noche y día a losconjurados, quienes serían detenidos a la una, hora en que, armados de bombas y pistolas, esperarían al ministro.
- Pero -exclamó éste, sorprendido-, ¿cómo diablos sabían ellos la hora a que yo he de acudir al Consejo, cuando yo mismo la ignoraba hace tres días?
El jefe de la guardia se encogió de hombros.
- Pues ellos, Excelencia, sabían que será a la una, precisamente.
Parecióle bien a SuExcelencia el diligente celo de la policía; luego hizo un gesto de duda, frunció el ceño, y sus labios, carnosos y encendidos, se contrajeron en una mueca que pretendía ser una sonrisa; sin abandonarla, se despidió de los agentes, y para que éstos trabajasen con mayor libertad y desembarazo, decidió pasar la noche fuera de su casa, en otra casa amiga, donde le brindaban hospitalidad. También suesposa y sus hijos fuéronse lejos de aquella mansión en que acechaba el peligro y en donde al día siguiente habían de reunirse los conjurados.
Mientras ardían las lámparas en la morada ajena y los amigos saludaban y sonreían, el ministro experimentaba cierta excitación agradable, como si le hubieran dado ya o le fuesen a otorgar un galardón inesperado.
Mas luego aquellas habitaciones quedaronobscuras y solitarias. Al través de los cristales, el alumbrado público fingía luminosas y movedizas manchas en los muros y en los techos de aquellos vastos aposentos, hundidos ahora en el silencio más completo.
Solo ya en la ajena alcoba, sintióse el personaje asaltado de súbitos temores.
Padecía de accesos nefríticos, y así, cuando algo le impresionaba hondamente, reflejábase esta impresión enrostro, piernas y brazos, que se cubrían de edemas y se hinchaban, con lo que cada vez se ponía más gordo y fofo. Con angustia de enfermo, empezó a notar cómo su rostro se iba abotagando más y más, y comenzó a preocuparle obstinadamente el trágico fin que le anunciaran. Sucesivamente fueron desfilando por su memoria los últimos atentados que contra ilustres personajes se habían cometido; evocó latrágica visión de sus cuerpos despedazados por las bombas, los trozos de masa encefálica que salpicaban pavimento y paredes, así como los dientes arrancados de las deshechas mandíbulas. Influído por tales recuerdos, parecióle que su cuerpo, tendido en el lecho, no era ya suyo, y creyó sentir la tremenda fuerza de la explosión; experimentó la sensación de que sus brazos se desprendían del tronco, y losdientes se caían, y se le pulverizaba el cerebro, y pies y piernas se le paralizaban, y agarrotábansele los dedos, hasta adquirir rigidez cadavérica. Se agitó en el lecho, suspiró fuertemente y tosió para cerciorarse de que no estaba muerto; el frufrutante rumor de la sedeña colcha y el crujido del sommier aliviaron su acongojado ánimo; mas para acabar de tranquilizarse y alejar de sí toda idea...
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