Abu-lughod-la-interpretacion-de-las-culturas-despues-de-la-television

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LA INTERPRETACIÓN DE LA(S) CULTURA(S) DESPUÉS DE LA TELEVISIÓN[i]

Lila Abu-Lughod(

Si, como hizo Clifford Geertz en uno de sus más reconocidos (por no decir polémicos) ensayos, tuviera que comenzar con un relato acerca de cómo inicié mi reciente trabajo de campo en una aldea, se trataría de una historia de diferencias (Geertz, 1973). Confesaría que, en lugar de marchar de manera anónima poruna aldea del Alto Egipto con la sensación de que la gente miraba a través de nosotros como si fuéramos ráfagas de viento, mi esposo y yo fuimos inmediatamente reconocidos e identificados con una red social de estudiosos, periodistas y arqueólogos canadienses, estadounidenses y franceses con los que habían tratado los aldeanos. Ubicado en el banco occidental del Nilo y a una distancia de un viajeen ferry desde Luxor, el poblado se hallaba en y entre los templos faraónicos que, por más de un siglo, desenterraron los arqueólogos y admiran los turistas, ahora en buses con aire acondicionado, antes en burros o en bicicletas.
Cuando llegué, en la primavera de 1990, la amistosa bienvenida que recibí se debió también a una intensa curiosidad. Aquí estaba finalmente la esposa. Mi maridohabía llegado antes que yo, siguiendo los rastros del escritor norteamericano que en 1978 había publicado una popular historia de vida sobre los jóvenes de la aldea. Se trataba de una historia que repetía (demasiado) fielmente relatos anteriores de jesuitas y orientalistas acerca del campesino egipcio; una criatura sin tiempo de sus hábitos y su violencia (Mitchell, 1990). Mi esposo había ubicado aunas pocas personas a través de una amiga nuestra de El Cairo, una folclorista que escribía una disertación acerca de los lamentos fúnebres del alto Egipto: ella les había hablado de mi esposo y había enviado saludos a través suyo. Él estaba particularmente interesado en encontrarse con Zaynab, que había alojado en su hogar a nuestra amiga[ii]. Por mi parte, Zaynab me pareció seria y agraciada.Su rostro bronceado y su pelo suelto, que colgaba del tradicional chal negro que usaba en la cabeza, delataban la exposición al sol y los problemas de ser madre de seis niños (en ese momento) cuyo esposo había emigrado a la ciudad. Me preguntó por la folclorista “Leez”, como lo repetiría cada vez que me presenté en la aldea durante los siguientes cinco años, ya fuera llegando desde El Cairo o desdelos Estados Unidos. Me sentí obligada a exagerar mi conocimiento de Liz, aun cuando trataba de diferenciarme de los otros extranjeros a los que no conocía y cuya moral y conducta en la aldea no podían ser garantizadas. Me basé en mi identidad semi-palestina para que se notara la diferencia. Pero al final, Zaynab se enteró de que yo provenía del mundo de los extranjeros con quienes había tratado,y aprovechó nuestro tiempo juntas para aprender más acerca de estudios, disertaciones, el costo de la vida en los Estados Unidos, investigaciones y libros entre otros aspectos más problemáticos de la vida euro-norteamericana. Resulté una depositaria de mensajes tanto como una informante y una investigadora. Más aún: en la historia de la relación, en ocasión de una dramática redada policial en unariña de gallos ilegal que el público seguía apasionadamente, tuve que aceptar con bastante placer el reconocimiento que evidenciaron Zaynab y sus hijos, al igual que la mayoría de las familias, cuando demostré mi interés por la televisión. ¿Qué me gustaría ver? Trajeron su pequeño televisor. Se disculparon, mientras lo conectaban a una antena casera, porque el aparato era en blanco y negro. Y meinvitaron a ver la telenovela cualquier tarde, compadeciéndome por no tener acceso a un televisor propio. Fue la televisión, y no el temor espontáneo y común a la policía, lo que nos unió. Este vínculo comenzó a separarme de los demás extranjeros, personas que generalmente, como sabían los aldeanos, no seguían los melodramas egipcios que a ellos los apasionaban.

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