Abuelita opalina

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Abuelita Opalina
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María Puncel

Premio Lazarillo 1971

Colección dirigida por Marinella Terzi

Primera edición: junio 1981
Segunda edición: octubre 1982
Tercera edición: abril 1983
Cuarta edición: junio 1984
Quinta edición: febrero 1985
Sexta edición: diciembre 1985
Séptima edición: julio 1986
Octava edición: febrero 1987
Novena edición: abril 1987
Décimaedición: noviembre 1987
Undécima edición: noviembre 1988
Duodécima edición: julio 1989
Decimotercera edición: enero 1990
Decimocuarta edición: mayo 1990
Decimoquinta edición: febrero 1991

Ilustraciones y cubierta: Margarita Puncel

© María Puncel, 1981
Ediciones SM
Joaquín Turina, 39 - 28044 Madrid

Comercializa: CESMA, SA - Aguacate, 25 - 28044 Madrid

ISBN: 84-348-0924-9
Depósitolegal: M-3673-1991
Fotocomposición: Grafilia, SL
Impreso en España/Printed in Spain
Imprenta SM - Joaquín Turina, 39 - 28044 Madrid

Al abuelo de Isa, con todo el cariño
con que él me enseñó a querer
EL PUEBLO se llama Brincalapiedra.
Todo el mundo está de acuerdo en que Brincalapiedra es un nombre muy bonito y que suena muy bien: Brinca-la-piedra; pero que basta con eso, con quesuene bien cuando se pronuncia. No tiene por qué hacerse verdad; ¿qué ocurriría si un día, de repente, una de las losas de la plaza., el pilón de la fuente o un sillar de la torre de la iglesia se pusiera a dar brincos? Seguro que la persona que viera una cosa así se quedaba... de piedra. A veces puede resultar un verdadero lío que se haga verdad lo que alguien se ha inventado como un puro juego...Eso es lo que le pasó a Isa. La cosa ocurrió en Brincalapiedra y sucedió así:

¡Dong... dong… dong… dong…! ¡Las cuatro!
El reloj de la torre había dado las cuatro de la tarde.
Isa, escribiendo en su pupitre de la escuela, oyó sonar las campanas y levantó la cabeza. Imaginó las campanadas como cuatro inmensas pompas de jabón, gordas, retumbantes, bien rellenas de sonido.Cuatro inmensas pompas de jabón que caían desde la torre del reloj flotando, resbalando, rodando, botando y rebotando sobre los tejados; que chocaban luego contra el alero del soportal de la plaza y se estrellaban sobre las losas del suelo. Al reventar, todo el sonido que llevaban dentro se esparcía por la plaza y se colaba por las ventanas entreabiertas de la clase.
—¡Ya son las cuatro!—comentaron varios niños a media voz.
Ya sólo quedaba otra media hora de clase.
Algunos niños se removieron inquietos en sus asientos porque estaban cansados de estar tanto tiempo trabajando sobre los cuadernos.
Otros niños apresuraron lo que estaban haciendo porque querían dejarlo terminado antes de que el reloj diese la campanada de la media hora.
Isa releyó su lista de palabrasesdrújulas:

Jícara, cántara, sábana,
áncora, zíngara, cántabra,
húngara, quíntuple, vértebra...

—Ya tengo nueve. Solamente me faltan otras dos y termino. Leídas así, todas seguidas, casi suenan a verso —se dijo.
Pensando, pensando, para encontrar las dos esdrújulas que le faltaban dejó correr su mirada por encima de las cabezas de sus compañeros. Al otro lado de laventana se veía la plaza llena de sol. Un enorme abejorro golpeó un par de veces contra el cristal y luego se coló en la clase. Revoloteó sobre los pupitres asustando a algunos niños, divirtiendo a otros y distrayéndolos a todos.
—Es una abeja —dijo Teresa.
—Es más grande que una abeja —afirmó Juan.
—Será un «abejo» —bromeó Matilde.
La señorita Laura se levantó de su mesa y fue aabrir la ventana de par en par para facilitar la salida al insecto.
Mirando al abejorro y escuchando los comentarios de sus compañeros, Isa encontró una nueva palabra esdrújula para su lista:

húngara, quíntuple, vértebra,
zángano...

—Una más y termino —calculó. Y siguió rebuscando en su memoria. La verdad es que no hubiera necesitado pensar tanto. La señorita Laura...
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