Actas

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Marguerite Yourcenar / EL HOMBRE QUE AMABA LAS PIEDRAS

Personalmente, conocí poco a Roger Caillois, si es que podemos decir que conocemos a alguien sólo por haberle estrechado la mano alguna vez y haber compartido con él algunas comidas. Pero hice algo mejor: leí sus libros. No obstante, tengo interés, en primer lugar, en pagar al hombre que fue una antiquísima deuda de agradecimiento. Hacia1943, cuando ambos éramos unos exiliados voluntarios —él bajo la Cruz del Sur y yo en una isla a menudo iluminada por la aurora boreal—, aceptó un largo ensayo mío para la revista Les Lettres françaises que él dirigía en Buenos Aires con el apoyo de aquella admirable protectora de las letras que se llamó Victoria Ocampo. En aquella época en que la voz de Francia raramente llegaba hasta nosotros,aquellos delgados cuadernos nos aportaban una prueba tranquilizadora de la vitalidad de la cultura francesa, aun procediendo, bien es cierto, de otro lugar del mundo, pero demostrando con ello, precisamente, su universalidad. Poco importa lo que fuesen aquellas páginas bastante informes que, más adelante, me sirvieron de borrador para algunas partes de otros libros. Confieso incluso, al releerlas ennúmeros atrasados de Les Lettres françaises, que me sorprende que alguien de tan perfecto rigor las hubiese aceptado. Sin duda había adivinado, en ese ensayo algo apresurado dedicado a la influencia de la tragedia griega en las literaturas modernas, un poco de ese respeto que él sentía por todo lo relativo a la transmisión de los mitos, a sus variaciones a manos de generaciones sucesivas, y a lasgrandes verdades acerca de la naturaleza humana que los poetas han envuelto en ellos. Sea lo que fuere, en una época en que no nos sentíamos muy tranquilos acerca de la supervivencia de la cultura (¿acaso lo estamos hoy?) ni tampoco de nuestro propio porvenir, una acogida como aquélla fue, para una joven escritora todavía desorientada en los Estados Unidos, una gracia otorgada y un gran favor.Y ahora, observemos cómo se va formando un gran espíritu, cómo se ejerce y, en ocasiones, se desdice o se contradice, se va haciendo lo que es y, finalmente, más de lo que es. Esto que esbozo aquí no es, ciertamente, una biografía pero, no obstante, tomemos un punto de partida en lo que el mismo Caillois hubiese reconocido como una serie infinita. Un niño, nacido cerca de Reims poco antes de1914, y que tuvo el privilegio —ahora poco común— de una infancia rural; un niño algo retrasado en sus primeras escuelas debido a la guerra y a la inmediata posguerra, que jugó durante largo tiempo entre ruinas, como he visto no hace mucho todavía jugar entre ruinas a los niños de Gdansk, que fue Danzig. Si insisto sobre ese niño es porque nada, salvo esa cosa aún imperceptible, el don, y los azaresfuturos que permitirán el desarrollo de ese don, lo distingue todavía de los otros pequeños champaneses que jugaban entre los escombros de una guerra que percibían, al igual que él, desde muy lejos, es decir, desde el fondo de su infancia. Nada tampoco anunciaba, en ese retoño de una tierra gredosa, al futuro amante de las piedras.

En el Liceo de Reims, ese don se manifiesta primero, como sueleocurrir a esa edad, mediante la curiosidad, la audacia, la rebelión de una mente a la que —como diría él más tarde— le disgusta no comprender y que, por tanto, está muy decidida a llevar su búsqueda lo más lejos posible, aunque sean peligrosas, y a rechazar con la mayor violencia todo aquello que le parece un obstáculo para las mismas. Siendo aún colegial, participa en el Gran Juego. Incluso ennuestra época, en que todo parece público, iluminado por las lámparas de neón de la publicidad o gritado por los altavoces de los medios de comunicación, las verdaderas influencias permanecen a menudo silenciosas y minoritarias, emanan de un reducido grupo de personas aún desconocidas y, en ocasiones, como es el caso aquí, muy jóvenes. Caillois conoce en el Liceo a tres o cuatro compañeros, uno de...
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