Albert camus

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Albert Camus

LA PESTE
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Título original:
La peste Traducción: Rosa Chacel
Dirección Editorial: Julia de Jódar
Dirección de la colección: Guido Castillo
Director de Producción: Manuel Álvarez
Coordinación Editorial: Juan D. Castillo
Diseño de la colección: Víctor Vilaseca

© Editorial Sur, S.A. 1979 Colección índice, Editorial Sudamericana, S.A.
ISBN Obra Completa: 84-487-0400-2ISBN: 84-487-0408-8
Depósito Legal: B. 1006/1995
Impreso en España - Printed in Spain - Marzo 1995
Impresión y encuadernación: Printer Industria Gráfica, S.A.
Digitalizado por alianah y el_gato para biblioteca_irc
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Tan razonable como representar una prisión de cierto género por
otra diferente es representar algo qué existe realmente por algo que
no existe.
DANIEL DE FOE.

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1Los curiosos acontecimientos que constituyen el tema de esta crónica se
produjeron en el año 194... en Oran. Para la generalidad resultaron
enteramente fuera de lugar y un poco aparte de lo cotidiano. A primera
vista Oran es, en efecto, una ciudad como cualquier otra, una prefectura
francesa en la costa argelina y nada más.
La ciudad, en sí misma, hay que confesarlo, esfea. Su aspecto es
tranquilo y se necesita cierto tiempo para percibir lo que la hace
diferente de las otras ciudades comerciales de cualquier latitud. ¿Cómo
sugerir, por ejemplo, una ciudad sin palomas, sin árboles y sin jardines,
donde no puede haber aleteos ni susurros de hojas, un lugar neutro, en
una palabra? El cambio de las estaciones sólo se puede notaren el
cielo. La primavera se anuncia únicamente por la calidad del aire o por
los cestos de flores que traen a vender los muchachos de los
alrededores; una primavera que venden en los mercados. Durante el
verano el sol abrasa las casas resecas y cubre los muros con una
ceniza gris; se llega a no poder vivir más que a la sombra de las
persianascerradas. En otoño, en cambio, un diluvio de barro. Los días
buenos sólo llegan en el invierno.
El modo más cómodo de conocer una ciudad es averiguar cómo se
trabaja en ella, cómo se ama y cómo se muere. En nuestra ciudad, por
efecto del clima, todo ello se hace igual, con el mismo aire frenético y
ausente. Es decir, que se aburre uno y se dedica a adquirir hábitos.Nuestros conciudadanos trabajan mucho, pero siempre para
enriquecerse. Se interesan sobre todo por el comercio, y se ocupan
principalmente, según propia expresión, de hacer negocios.
Naturalmente, también les gustan las expansiones simples: las mujeres,
el cine y los baños de mar. Pero, muy sensatamente, reservan los
placeres para el sábado después demediodía y el domingo, procurando
los otros días de la semana hacer mucho dinero. Por las tardes, cuando
dejan sus despachos, se reúnen a una hora fija en los cafés, se pasean
por un determinado bulevar o se asoman al balcón. Los deseos de la
gente joven son violentos y breves, mientras que los vicios de los
mayores no exceden de las francachelas, los banquetes de camaraderíay los círculos donde se juega fuerte al azar de las cartas.
Se dirá, sin duda, que nada de esto es particular de nuestra ciudad y
que, en suma, todos nuestros contemporáneos son así. Sin duda, nada
es más natural hoy día que ver a las gentes trabajar de la mañana a la
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noche y en seguida elegir, entre el café, el juego y la charla, el modo de
perder el tiempo que lesqueda por vivir. Pero hay ciudades y países
donde las gentes tienen, de cuando en cuando, la sospecha de que
existe otra cosa. En general, esto no hace cambiar sus vidas, pero al
menos han tenido la sospecha y eso es su ganancia. Oran, por el
contrario, es en apariencia una ciudad sin ninguna sospecha, es decir,
una ciudad enteramente moderna....
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