Alejo

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  • Publicado : 28 de octubre de 2010
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Mis aventuras

havia una ves una niña llamada so Sólo a ella podía ocurrírsele semejante locura. No hizo más que posar el pie en el aeropuerto de Nairobi y el fino tacón alto de su sandalia se quebró como la porcelana…
A duras penas arrastró su cojera al compás del portamaletas hasta la puerta de salida, pero su sorpresa no había hecho nada más que comenzar… ¿Dónde estaban las aceras allí…?,se preguntó, sin salir de su estupefacta expresión de asombro. El polvo llenaba las calles y, de repente, cayó en la cuenta de que era un visible e indisimulable centro de atención con su piel clara y la cabellera rubia que tanto trabajo le dedicaba y de la que tanto gustaba en alardear al viento. Sí, tenía la impresión de que toda la gente del mundo la miraba, toda la gente de color, pues en aquellugar sólo ella parecía desentonar. Con una mano sujetaba el asa del equipaje y en la otra, para compensar lo incómodo del desequilibrio, optó por sostener el zapato roto. Un par de hombres se le acercaron, pero no pudo distinguir ni una sola de sus palabras… Aunque se lo advirtieron antes no se imaginaba lo necesario que ahora iba a resultarle el dominio del inglés. Al final de aquella hilera devehículos empolvados le pareció distinguir la figura de una persona con rasgos europeos; al acercarse comprobó que en efecto se trataba de un blanco maduro, regordete, vestido con traje de safari que, al girarse y reconocerla pareció quedar aún más pasmado que los lugareños…
-¿Habla usted inglés, señorita…?
-…Sí, no sabe qué alegría me da encontrar a alguien por aquí… Disculpe, pero entiéndame,con quien poder hablar…
El hombre echó atrás su sombrero salacot y se rascó la barba en un gesto de incredulidad.
-Desde luego que lo que le trae por aquí, señorita, debe de ser urgente, porque… -el hombre siguió con la vista el recorrido del cuerpo de la joven sin acabar la frase. A Judith no le pasó desapercibido que su atuendo no era quizás el más apropiado para aquel viaje -había sido todotan repentino-, pero disculpó con cierta benevolencia el descaro del barbudo inglés, no tenía otra elección allí. Así, abrió el pequeño bolso de mano de color rosa que llevaba debajo del brazo y revolvió en el interior, dispuesta a hacérselo entender a su desconsiderado interlocutor. Extrajo un pequeño papel arrugado que desdobló y leyó en voz alta ante los atónitos ojos del barbudo gordinflón:-…Richard J. Mulligan, reserva de Al Marai Mara…
-¿…Quiere decir que viene desde Europa con estas señas como única dirección, señorita? –el inglés no daba crédito a lo que contemplaba, aunque reaccionó rápido-. Verá, yo sólo puedo llevarla hasta la reserva Mara, pero dejarla allí me da cargo de conciencia y ya voy haciéndome algo mayor para ese tipo de remordimientos…
Judith se agarró a suspalabras como a un clavo ardiendo, no tenía otra escapatoria.
-Pues trato hecho, le abonaré el importe del trayecto, lo demás corre de mi cuenta y riesgo!
-¿Riesgo dice? No lo sabe usted bien, amiga –el barbudo reinició la tarea de reacomodar los equipajes de sus viajeros en los vehículos cuatro por cuatro, donde hizo un hueco para el de Judith. Luego le hizo señas para que tomara asiento antes deque el resto de viajeros se apercibiese de que no pertenecía a la excursión.
-No hable una palabra, usted será mi secretaria…
-¿Quedan muchos kilómetros hasta ese lugar, oiga? –preguntó Judith a través de la ventanilla abierta, mientras se quitaba las dos sandalias en un gesto de alivio.
-Más de doscientos cincuenta, así que póngase lo más cómoda que pueda, haremos pocas paradas…
Los tresvehículos todoterreno iban cargados hasta el techo; se trataba de un safari de turistas asiáticos que pronto llegaron en tropel, cada uno provisto de más de una cámara fotográfica. Judith saludó con la cabeza a los primeros que entraron. Luego, adoptó una postura lo más flexible posible para aguantar las tres horas largas que calculó le supondría recorrer casi trescientos kilómetros, aunque pasó por...
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