Amada in novil

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LA AMADA INMOVIL
Va a hacer un mes, un mes solamente, y, sin embargo, en esos treinta días, en esos treinta relámpagos, he llorado más lagrimas que estrellas visibles tiene la noche.
Va a hacer un mes, y en esos treinta relámpagos he acumulado tal cantidad de dolor, que me parece que todos mis males pasados y que todos mis males posibles se dieron cita para invadir y llenar mi espíritu, afin de que no quedase en él un solo hueco que no fuese angustia.
Va a hacer un mes que, se extinguió blandamente Ana Cecilia Luisa Dailliez, mujer excepcional por su gracia, su bondad y la persistencia extraordinaria de su ternura, a quien conocí en París en una noche en que mi alma estaba muy sola y muy triste, la noche del 31 de agosto de 1901, y con quien viví desde entonces en la más cordial ynoble de las compañías hasta el 7 de enero de 1912, en que murió en mis brazos.
Esta muerte ha sido la amputación más dolorosa de mí mismo. Un hacha invisible me ha dado un hachazo en mitad del corazón. Los dos pedazos de la entraña quedaron ahí trémulos, entre borbotones de sangre. Luego uno de ellos fue arrebatado por el brazo omnipotente de la muerte y otro, el otro, mísero, siguió latiendo,latiendo… La tremenda rudeza del golpe no pudo apagar el ritmo de la vida… ¡Siguió latiendo, si, la triste entraña mutilada; siguió latiendo entre los coágulos obscuros, y late todavía!
Veintiún días duró la enfermedad de Ana; veintiún días que fueron necesarios para poder clavarme en la conciencia la convicción de que iba a morir. Esta convicción era de tal suerte desmesurada para mis fuerzas,que hoy mismo, a pesar de todas las evidencias, me rebelo a veces contra ella, y entonces a mi soledad se une la más impotente de las desesperaciones.
El domingo 17 de diciembre, la dulce y adorable compañerita de mi vida volvió a casa herida ya por el terrible bacilo de la fiebre tifoidea. El lunes empezó a sentirse mal; el jueves 21, se encamó definitivamente y comenzó su calvario, hasta el 3de enero, en que perdida la lucidez, fue cayendo apaciblemente recostada sobre el almohadón blandísimo de la inconsciencia, en el sueño insondable de la muerte.
Yo la velé todas las noches, con excepción de algunos ratos de imprescindible pero inquieto reposo, que quizá no sumaron en las veintiuna jornadas el espacio de diez horas. Mis días se pasaban en la oscuridad de la alcoba, al lado dellecho, espiando su respiración, aguzando mis ojos para ver los suyos, entrecerrados apenas o abiertos en la sombra. Esta perenne y angustiosa vigilia solo alternaba con un tormento indecible; el de ir tarde por la tarde a mis quehaceres a despachar, imprescindiblemente, los múltiples asuntos de mi incumbencia.
Como aquel nuestro cariño inmenso no estaba sancionado por ninguna ley; como ningúnsacerdote nos había recitado maquinalmente, uniendo nuestras manos, algunas frases latinas; como ningún juez civil nos había gangueado algunos artículos del código, no teníamos el derecho de amarnos a la luz del día, y nos habíamos amado en la penumbra de un sigilo y de una intimidad tales, que casi nadie en el mundo sabía de nuestro secreto. Aparentemente yo vivía solo, y muy raro debió de ser elamigo cuya perspicacia adivinara, al visitarme,, que allí, a dos pasos de él, latía por mí solo, el corazón más noble, más desinteresado y más afectuoso de la tierra.
Pocas veces, muy pocas, salíamos juntos, evitando las arterias febriles de las metrópolis, donde mi relativa popularidad podía prepararme sorpresas. En cambio, en ciertos viajes nos desquitábamos ampliamente, y, brazo con brazo,enredadas las diestras con una ternura que tenía mucho de fraternal, nos dedicábamos a ese flaneo deleitable de París, de Londres, de Brucelas, buscando el bibelot gracioso, deteniéndonos ante el deslumbramiento de los escaparates, refugiándonos en los íntimos y perfumados rincones de los restaurants, donde dos gourmets de buena cepa, como nosotros, compensaban tantas acritudes de la vida…
Pero...
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