Amiga

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  • Publicado : 15 de febrero de 2011
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Querida amiga:
Alguien muy sabio escribió una vez algo así: “No llores porque has perdido el sol, pues las lágrimas no te dejarán ver las estrellas...”. Suele pasar que algunas veces, ante lo que percibimos como grandes pérdidas, pretendemos callar el que debería ser un desesperado llanto con fingidas actitudes, aparentemente orgullosas, que pretenden convencer al mundo de nuestra entereza.Firmes quieren ser nuestras palabras, alegre se quiere mostrar nuestra sonrisa y con un posado enmascarado de equilibrado trajinar actuamos como si nada hubiera pasado, como si aquello que vino a rompernos la feliz existencia estuviera ya superado. Mas con nuestra prisa por volver a edificar un resistente porvenir cometemos un craso error. Cuando un terremoto derrumba una construcción no se puedecimentar una nueva fortaleza sin antes limpiar bien las ruinas que quedaron. Si negamos esta lógica norma solo podremos optar por proyectar una frágil e inestable casita de papel. Así, si tu sol se perdió en uno de aquellos injustos chascos que el destino nos fuerza a aceptar, negar el llanto por lo extraviado puede no ser lo más aconsejable. Porque si tapamos nuestra rabia con el manto de la simuladaindiferencia quizás conseguiremos protegernos de una temporal y terrible ansiedad, pero a la vez estaremos atascando nuestro camino hacia nuevos horizontes y ocultando aquellas estrellas que deseamos ver. Las lágrimas, cuando las dejamos caer libremente, no son malas. Con ellas enjuagamos las penas y con ellas abrimos la puerta para que nuestras angustias marchen, para que nuestra ira salga yluche por calmarse.
Cuando una relación esencial se quiebra nuestra tendencia natural nos empuja a sentirnos víctimas. Lo más fácil suele ser traspasar las culpabilidades hacia el otro lado y en el desconcierto por lo ocurrido presentar al mundo aquella sensibilidad herida que tanto nos duele. Gente habrá en nuestro entorno más querido y próximo que nos ayude a montar nuestra martirizada parada:“Pobrecita, ¿qué te han hecho?”, “tú no te merecías eso”, “¡qué hijo de puta!”, etc. Ya de pequeños aprendimos que la culpa es algo muy difícil de asimilar: “Yo no he sido”, “él me ha dicho que lo haga...”. Y es que hay una propensión clara, no sé decirte si natural o social, a entender que la responsabilidad ante un desliz es algo así como una pelota que debemos lanzar rápido a quien más cercatengamos. Y no es así, ¿no crees? Las responsabilidades, si continuamos con analogías lúdicas, vendrían dispuestas en un saco lleno de bolitas. Cada uno de los jugadores dispondríamos de un cartón en el cual los números vendrían definidos por nuestros actos, por nuestro proceder y por nuestras actitudes. La partida terminaría con el reparto de todas la bolitas según su nomenclatura y entonces podríamossaber, aunque solo fuera relativamente, quien se lleva más culpas. Y digo “relativamente” porque, sin ninguna duda, en más de una ocasión seguro que los contrincantes procurarían, de forma consciente o inconsciente, negar la adjudicación de alguna borrosa marca. Sea como fuere, es indudable que en la mayoría de conflictos siempre hay uno que se lleva la mayor parte de la culpa. Pero con la mismacertidumbre debemos aceptar que sería muy extraño, por no decir imposible, que la otra parte no se merezca ninguna bola y se quede libre de todo adeudo...
No, no podemos superar un problema si antes no hacemos un profundo análisis de todo aquello que lo ha motivado y valoramos y aceptamos nuestra participación en las causas del litigio. No debemos rechazar este acto de constricción. Si nos negamosa echar ese lastre e insistimos en ganar nuestra inocencia apostados en el victimismo seguiremos anclados en un puerto donde las depresiones nunca zarpan.
Aunque no siempre sea justo, aunque en la percepción de algunas profundas contusiones nos cueste asimilarlo, al final uno debe llegar a la conclusión de que pocas veces, muy pocas, podemos sentirnos víctimas de la vida. Si consideramos que...
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