Amistad

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Sal Terrae 94 (2006) 533-547

Amistad y misión
en la Vida religiosa actual.
Problemas y propuestas
José Antonio García, sj*

Dice C.S. Lewis en su libro Los cuatros amores: «La amistad es, en un sentido que de ningún modo la rebaja, el menos natural de los amores, el menos instintivo, el menos biológico, gregario y necesario». Ni como individuo ni como especie necesita el ser humano de laamistad para desarrollarse y perdurar, así como necesita del amor erótico o del paterno-filial. Sin estos segundos, la vida no sería posible; sin la amistad, sí. El amor erótico, al igual que el paterno-filial, tienen un fuerte arraigo en las pulsiones más constitutivas del hombre. La amistad, por el contrario, no. ¿Por qué, entonces, siendo la amistad la forma de relación menos biológicamentenecesitada, es sin embargo tan valorada y ansiada por todos nosotros?
En un número como éste, dedicado a tres grandes amigos –Ignacio, Javier y Fabro–, parece lógico comenzar preguntándose por su propia amistad: ¿cómo nació?; ¿en qué se apoyó?; ¿qué efectos produjo en ellos? Una pregunta cuyo interés no sería tanto histórico como práctico, pues lo que nos interesa saber, finalmente, es si aquellaamistad ofrece o no alguna clave de la que extraer propuestas para la Vida Religiosa en el momento actual. Tal es el objetivo de este artículo.

1. Ignacio, Fabro, Javier: una amistad nada «obvia»

Iñigo llega a París el 2 de febrero de 1528 con el fin de proseguir sus estudios en la Sorbona. Al año siguiente, cambia de Colegio y le alojan en el mismo aposento de otros dos estudiantes, elsaboyano Pedro Fabro y el navarro Francisco Javier. En ese momento, Ignacio tiene 38 años; Fabro y Javier, 23. Allí permanecerán juntos hasta abril de 1535, es decir, unos 6 años.
¿Qué unía, en principio, a estos tres hombres? Nada, absolutamente nada. Lo normal habría sido que su convivencia fracasara en poco tiempo. Si de hecho no fue así, hay que preguntarse por qué.
Iñigo y Javier provenían deuna nobleza políticamente enfrentada. Como se ha hecho notar, la bala que hirió a Íñigo en la defensa de Pamplona bien podría haber sido disparada por un hermano de Javier que militaba en el ejército contrario. Por otra parte, la patria de Fabro, Saboya, tampoco estaba en buenas relaciones con España. Y si las contradicciones políticas entre los tres eran así de patentes, no lo eran menos lastemperamentales. Javier era un atleta, un joven muy dotado y ambicioso que aspiraba a una canonjía en Pamplona. «Muy determinado en sus cosas», dirá de él Simón Rodrigues, otro de sus compañeros. Fabro, por el contrario, era de carácter suave y bondadoso, muy dotado para la amistad, pero indeciso y muy escrupuloso. Ignacio, a su vez, llegaba a París con una salud endeble, pero con una decisión yamadurada y firme de entregarse a Dios ayudando a la gente.
¿Cuál fue, entonces, el secreto de que con un material humano tan dispar llegara a formarse en aquellos seis años un grupo de amigos entrañables cuya repercusión en la Iglesia y en el mundo habría de ser posteriormente tan grande? ¿Cómo sucedió que, siendo y pensando de modos tan distintos, llegaran a querer lo mismo? Una amistad tan poco«obvia» como aquélla no pudo tener como fundamento la casualidad. Algo más hondo tuvo que fraguarla
Creo que la primera clave de explicación hay que buscarla en una carta que el propio Ignacio escribe desde Venecia a un sacerdote catalán, Juan de Verdolay, el 24 de julio de 1537, con la velada intención de atraerlo hacia su grupo. Entre otras cosas, le dice lo siguiente: «De París llegaron aquí,mediado enero, nueve amigos míos en el Señor, todos maestros en Artes y asaz versados en teología, los cuatro de ellos españoles, dos franceses, dos de Saboya y uno de Portugal».
Esa expresión, «amigos en el Señor», encierra, a mi modo de ver, el primer secreto de una amistad que, además de verdaderamente humana, fue espiritual y apostólica. Esa, precisamente, que tanto preocupa y de la que tan...
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