Amistad

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  • Publicado : 11 de mayo de 2011
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Han transcurrido ya muchos años, desde aquel día triste y lluvioso en que nuestras almas dispersas se encontraron y se unieron. Podemos hablar de aquellos tiempos apaciblemente, serenamente, como si se tratase precisamente de nosotros, que tenemos todavía los mismos nombres y tantas memorias comunes. No somos ya los mismos. —No soy más yo —no eres más tú. En un momento dado hemos tomado pordiversos caminos. Yo continúo siendo un poco el vagabundo caprichoso y sin timón de aquellos tiempos: — no tengo arte ni parte; no tengo la piedra de una certidumbre sobre la cual pueda apoyar la cabeza; no tengo un pedazo de mundo para poder rodearlo de un muro y decir: ¡es mío! Pero creo que he cambiado— ¡y cómo! Podemos, pues, hablar de aquellos años con toda la verosimilitud de la calma, como sifuese historia, historia de otros. Pero no puedo hacer menos que hablar de ello; nuestra relación no fue como todas las otras: frívola, pasajera, sentimental. Debes reconocer que no fue como todas las otras. Yo no sé si tú has sentido nunca, profundamente, en toda su plenitud, cuán grave y bello acontecimiento fue nuestra corta amistad. Por mi parte no sé recordar mi vida de aquellos años, si no esa lado tuyo. Me veo contigo contra el viento del invierno y contra las polvaredas del verano, tendido en la hierba, inclinado a hurgar en los puestos de libros usados, o sentado, en silencio, a la mesa desmantelada de aquel viejo café. Por muchos esfuerzos que haga, nunca me veo solo. Recuerdo día por día nuestra vida común y nada más fuera de ella. ¿Te acuerdas de tu primera casa, en aquellacalle limpia solitaria, entre palacios y jardines bien cuidados, por donde no pasaban de noche nada más que enamorados y poetas? Era una casa grande, un tanto amarilla y aunque no tendría más de veinte años, exhalaba ya algo de vejez y de tristeza. ¿Te acuerdas de la gran habitación obscura, toda llena de libros y revistas, almacén de todas las delicias italianas y francesas: ubérrima tierra prometidade todas mis curiosidades de ignorante? ¿Te acuerdas de las largas charlas en tu cuarto, mientras caía rápida la noche y las campanas tañían sin cesar por algún duelo olvidado? ¿Y te acuerdas de aquel jardincillo estéril, enterrado entre paredes húmedas y ventanas siempre cerradas, donde por primera vez hablamos, conmovidos, de Stirner y de la divina voluntad del yo? ¿O te acuerdas más bien, decuando íbamos a esperar la puesta del sol y mirábamos la ciudad extendida y le decíamos: ¿Serás nuestra? A veces íbamos más lejos, a los montes, en busca de soledad, de viento y de serenidad. Nunca nos parecía largo el camino. Seguíamos adelante con nuestro rápido paso de andarines impacientes; y, en vez de cantar, alegrábamos el trayecto con pensamientos y paradojas. Las subidas nos animaban comouna batalla que vencer; las bajadas nos humillaban y enmudecían. Pronto escapábamos de las tapias, de las verjas de hierro, de los campos rayados en surcos derechos como un cuaderno de escuela. Buscábamos la altura y la libertad, los caminos sin la regla de los setos, los senderos y los atajos, las manchas peladas, las subidas pedregosas que llevan a las casas deshabitadas y se nos ensanchaba elpecho bajo la aspiración de los pulmones y el latido del corazón. ¡Qué lejos estábamos de la ciudad estrecha y estrepitosa y de todas las trivialidades cotidianas! Nos parecía estar solos en el mundo: ser dueños del mundo. Soplaba el viento, salpicándonos en el rostro alguna gota que se había quedado en las hojas; viajaban las rígidas nubes blancas en el gran cielo sin color; lamentábanse losárboles, golpeados sin piedad por una onda de viento, y las hierbas quemadas y pálidas por el frío, esperaban pacientes la primavera y el perfumado secreto de las violetas. Hoy ya se que no se repetirán nunca más esos días, sin embargo, yo creo que si algo de menos falso ha salido de nuestros espíritus, si algo de nosotros quedaría, después de la muerte, en el alma de los demás, lo debemos y lo...
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