Amores universitarios

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  • Publicado : 14 de julio de 2010
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Amores universitarios
La primera vez que él la vio no pudo ocultar un gesto de sorpresa y un hondo sentimiento de angustia y esa sensación lo aturdió. Aparentemente estaba preparado, pues había escuchado de ella por las garrulerías y exageraciones de sus compañeros acerca de su imperiosa presencia. La vio reflejada por el calor inquietante de las dos de la tarde en aquella glorieta que todavíapor junio rondaba una que otra hoja seca de la buganvilla. La miró bien a los ojos y luego tuvo que bajar la mirada porque era imposible mantener la vista en sus grandes ojos café. De vuelta al salón le quedó un gusto agridulce y se olvidó por completo del argumento de La Iliada. Casi no respondió a ninguna de las preguntas que le hacía aquel profesor culto que siempre en sus clases mencionaba aSaussure. No quería admitirlo, se negaba rotundamente a ser uno de los tantos hechizados y admiradores de su sublimidad y por otro lado estaba profundamente impactado, imperiosamente fascinado y por momentos quería entregarse por completo a un interminable festín pensativo de su reciente encuentro. Solo, como a él le gustaba hacerlo. Como siempre que le pasaba cuando no quería demostrar su interésni para sí y menos para los demás, recurrió a todo tipo de argucias para evitar encuentros con ella. Le quedaba la tranquilidad de saber que sus clases vespertinas no se juntarían con las suyas y que tal vez lo único que tenía que hacer era evitar esos horarios intervalos y el asunto quedaría solucionado. Pronto se dio cuenta que su plan estaba funcionando a la perfección y en muchos días no supode su presencia, y el recuerdo de sus ojos café fue aparentemente borrándose de su memoria y cuando pasaron más días ya podía respirar mejor y otra vez un fuerte entusiasmo se hizo presente en sus quehaceres. Contento consigo mismo, una disimulada sonrisa era la marca de su triunfo ante lo que por casi poco fue un potencial sentimiento. Y a medida que él creaba toda clase de barreras tanto físicascomo en sus pensamientos empezaba a crecer una nueva angustia que era incluso más fuerte que la anterior. Lo invadió de pronto un insomnio crónico y una disnea creciente. Un súbito terror se apoderó de su cuerpo y empezaba a añorar los fines de semana en su casa lejos de las trampas aflictivas del campus que él tenía que sortear. Y mientras más se alejaba de las tentaciones de aquel recuerdo másse sentía sumergido en él y pronto cayó en la cuenta que su plan para no pensar en ella era el mejor aliado para tenerla presente. El lunes antes de las siete y media de la mañana, sus grandes ojos café, sus pestañas largas que lo hacían parpadear al mirarlas, su piel clara y su mirada imperturbable habían ocupado la totalidad de sus recuerdos y todas las barreras habían sido arrastradas parasiempre como cuando los grandes ríos en verano se vuelven tempestuosos y llegan al mar. Así estaba él con una mirada atónita y no deparó que sin proponérselo se había sentado en las carpetas de al fondo junto con esos chicos parlanchines y de pocos remilgos y que confundido entre ellos había terminado por ser precisamente lo que tanto evitó: un admirador más, un ferviente enamorado. Y lo peor de todoes que él sabía que de todos, sin duda, el más enamorado era él. Se rindió al destino y ya sólo pensaba en ella. Se sintió preocupado pensando que era la vez primera que le pasaba que su corazón latía descaradamente y con tanta premura por cada abrir y cerrar de ojos, le dolió saber que no era imposible que sólo una mirada pudiera ocasionar tal desorden cardiaco y dentro de sus preocupaciones porsu nuevo estado, halló una lucecita de esperanza. Claro, ni más faltaba. Tenía que verla de nuevo, nadie podía perder la cabeza por un breve encuentro. Tendría que ser implacable, tendría que encontrar pronto todos los defectos posibles y aunque sea calmar en algo su desasosiego que ya se le estaba convirtiendo en un óbice para vivir.
Antes del mediodía cuando un bullicio profundo era parte...
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