Andrea camelli

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Andrea Camilleri
La voz del violín

Título original: La vocé del violino
Traducción de M C
Buenos Aires - Argentina - marzo de 2000

UNO

En cuanto abrió las persianas del dormitorio, el comisario Salvo Montalbano comprendió que el día no iba a ser gran cosa. Era todavía de noche y faltaba por lo menos una hora para el amanecer, pero la oscuridad ya parecía menos espesa, lo suficientepara dejar ver el cielo cubierto por unas densas nubes de lluvia y, más allá de la franja clara de la playa, un mar con aspecto de perro pequinés. Desde el día en que un minúsculo perro de aquella raza, todo lleno de adornos y lacitos, tras soltarle un enfurecido gargajeo a modo de ladrido, le había propinado una dolorosa dentellada en la pantorrilla, Montalbano llamaba así al mar cada vez que loveía agitado por breves y frías ventoleras que provocaban miríadas de pequeñas olas rematadas por ridículos penachos de espuma. Se puso de peor humor al recordar la desagradable tarea que tenía por delante aquella mañana: ir a un entierro.

La víspera, tras sacar de la heladera las frescas anchoas que le había comprado su mucama Adelina, se las había zampado en una ensalada, aliñadas con muchojugo de limón, aceite de oliva y pimienta negra recién molida. Había disfrutado de lo lindo, pero una llamada telefónica le había estropeado el placer.
—Hola, dottori. ¿Está usted en persona al teléfono, dottori?
—Estoy yo en persona, Catarè. Habla con toda tranquilidad.

En la comisaría habían encomendado a Catarella la misión de atender las llamadas telefónicas en la errónea creencia de queallí podría causar menos estropicios que en otro lugar. Montalbano, tras varios solemnes enojos, había comprendido que la única manera de mantener con él un diálogo que no rebasara los límites tolerables del delirio consistía en adoptar su mismo lenguaje.
—Pido perdonación y compresión, dottori.
Ay. Pedía perdón y comprensión. Montalbano aguzó las orejas, pues cuando el supuesto italiano deCatarella adquiría un tono ceremonioso y grandilocuente, significaba que el asunto no era de poca monta.
—Habla sin temor, Catarè.
—Hace tres días lo llamaron, dottori, usted no estaba, pero yo me olvidé de decírselo.
—¿De dónde llamaron?
—De Florida, dottori.
Montalbano se quedó literalmente petrificado. Se vio de golpe enfundado en un conjunto deportivo footing en compañía de unos esforzados yatléticos agentes norteamericanos de la lucha antidroga, ocupados con él en una complicada investigación sobre tráfico de estupefacientes.
—Tengo una curiosidad, ¿cómo se hablaron?
—¿Y cómo nos teníamos que hablar? En italiano, dottori.
—¿Te dijeron qué querían?
—Pues claro, me lo dijeron todo. Me dijeron que había muerto la mujer del subjefe de policía Tamburanno.
Montalbano lanzó un suspirode alivio sin poderlo evitar. No lo habían llamado desde Florida sino de la comisaría de Floridia, en la misma Sicilia, cerca de Siracusa. Caterina Tamburrano estaba muy enferma desde hacía tiempo y la noticia no lo sorprendió.
—Dottori, ¿de verdad es usted en persona?
—Soy yo, Catarè, no he cambiado.
—También dijeron que el funeral se celebraría el jueves a las nueve de la mañana.
—¿Eljueves? ¿Mañana por la mañana quieres decir?
—Sí, dottori.
Era demasiado amigo de Michele Tamburrano para no asistir y reparar con ello la negligencia de no haberse puesto en contacto con él ni siquiera con una llamada telefónica. De Vigàta a Floridia había por lo menos tres horas y media de coche.
—Oye, Catarè, tengo el coche en el taller. Necesito un automóvil de servicio para mañana a las cincoen punto en mi casa de Marinella. Dile al doctor Augello que no estaré en la comisaría y que regresaré a primera hora de la tarde, después de comer. ¿Me has entendido bien?

Salió de la ducha con la piel de color langosta: para equilibrar la sensación de frío que le había causado la contemplación del mar, había abusado del agua caliente. Cuando estaba empezando a afeitarse, oyó llegar el...
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