Arcadio

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ARCADIO
Manuel GONZÁLEZ LÓPEZ

¡Hijaaa!... ¡hijitaaa!, ¡ven pronto que un carajo animal se viene arrimando con miras de picarme!. ¡Hijita!, pues ¿dónde andas?...Esta mujer se ha de haber ido a algún mandado, y mientras, yo aquí empotrado en esta desdichada silla de

ruedas, por culpa del montón de males que se me vinieron encima como avispas zapateras. Con la cadena de años que arrastro, losrecuerdos son un remolino de repasos que vuela a las nubes o más arriba; no hallo si llorar por las tristezas que traigo pegadas en el pecho, o por lo tullido que ahora estoy... Me acuerdo que de niño, jugaba a “la roña” con mis amigos, por los alrededores de la Hacienda de “Cofradía”, aquél lugar de lujosos cuartos, amplios asoleaderos, jardines y grandes portones por donde pasaba la retajila decarretas llenas de mazorcas de maíz . Decían que yo era muy travieso, sería porque una vez cuando mis padres se fueron a un baile al rancho de “las Piedras”, nos dejaron encerrados a mi hermano Javier y a mi, pero antes pusieron en la mesa frijoles fritos, requesón tiernito,

chile de molcajete, dos jarros con atole blanco y un petacal retacado de tortillas calientitas, para que no pasáramoshambre. Luego, en cuanto estuvimos solos, mi hermano comenzó a jugar aventándome olotes. Yo no le quería responder porque él era más chico y olotazo podía lastimarlo, en eso estábamos cuando me atinó un

en el cachete y entonces sí me enojé y traté de atajarlo, pero a tantos comida se desparramó en el piso de

jaloneos, tumbamos la mesa y toda la

tierra...Asustados y con los ojos vidriosos,quedamos mudos viéndonos uno a otro, hasta que los berridos de mi hermano retumbaron en las paredes de adobe de aquella humilde casa, buscando salida y yo, averiguando qué hacer. Entonces,

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me acordé del zarzo donde guardaban cosas para comer, que estaba enganchado al caballete del techo, y para alcanzarlo se me ocurrió poner sobre la mesa, una silla de palo con el asiento de tule yapodrido por tantas orinadas, pero así me aventuré a subir con muchos trabajos. Como no podía pisar en las hebras destejidas, quise pararme en los barrotes, pero las corvas me empezaron a temblar como resorte y me resbalé...Casi me desbarranco, de no ser por que alcancé a pepenarme del zarzo y quedé columpiando, justo en el momento que entraba doña Anselma, una vecina que al escuchar el griterío reventólos ixtles que amarraban la puerta y a la carrera se metió para ayudar. Me dio mucha vergüenza porque en las sacudidas se me resbalaron los calzones y quedé a raiz, pero ella ni dijo nada, me descolgó y empecé a llorar; para eso, Javier se quedó dormido en un costal, y un enjambre de moscas rondaba su boca abierta. Mi llanto no era por el hambre, más bien, por miedo de pensar el castigo que meesperaba...Lo que nunca creí que doña Anselma, se portara tan buena gente con nosotros, nos llevó a su casa y a Javier le preparó sopas con caldo de gallina, que ya ni alcanzó a terminar porque volvió a dormirse, yo sentía un temblor que me empezaba en la barriga, subía a la garganta hasta salirme por la boca, haciendo sacudir las quijadas y queriéndome ahogar. La última vez que me dieron esossuspiros, fue cuando mi madre me pegó porque le quebré una cazuela llena de capirotada...Anselma seguía arrullándome pero no podía apaciguarme, hasta

parecía que también ella lloraba, porque en las mecidas, sus gordos pechos temblaban como si fueran de tamal colado... Me rogaba con tacos de queso pero yo no quería comer, entonces tuvo la ocurrencia de encuerarse una de sus

chiches y la arrimó ami boca para que le chupara, bien grabado tengo que aquel 2

inflado pecho parecía melón liso de los que se daban en las playas del río, pero más bueno porque le comenzó a brotar lechita con un sabor dulcecito igual al de los panales de somite que había en el “arroyo de los guayabos”... Primero me dio de un lado, y cuando se me comenzó a aplacar el llanto, me embrocó en la otra teta, para...
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