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El Manizales Truman Show
Nicolás Morales Thomas
Artículo ganador del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en la Categoría Educación.
 
“La farsa de las publicaciones universitarias” de Pablo Arango ha dado para todo tipo de reacciones. Más allá de las pataletas de rechazo y los guiños de aprobación, esta respuesta de un colega editor ofrece una justa y sesuda contraparte.

La mareaha bajado, es cierto. Pero la polémica desatada por un joven editor universitario en las páginas de esta revista dejó tantas heridas como caos a su alrededor. Era predecible.
Aunque algunos lectores comentaron que el artículo era un ajuste de cuentas con su propia casa editorial, los dardos lanzados alcanzaron dianas de la vecindad y probablemente afectaron a gente inocente. Me temo que ése es micaso.
 
En los días posteriores a su publicación oí toda suerte de comentarios. Provenían de directivas universitarias, estudiantes de posgrados, articulistas de revistas culturales y, por supuesto, de decenas de profesores e investigadores de algunos centros universitarios. Incluso me llegaron opiniones de personas que viven fuera de la órbita del mundo académico: artistas, diseñadores,correctores de estilo, etc. En mi caso, algunos contradictores de mis constantes réplicas que, desde Arcadia, realizo a la edición comercial, exclamaron: “Ustedes, los editores universitarios, también fueron desenmascarados”.
 
Se generó una discusión intensa. Recuerdo algunos lanzamientos de libros donde el asunto acaparó el coctel. ¡Qué esquizofrenia, no importaba nada más! La política, los libros,el sexo, la reelección y todos esos suculentos temas que aparecen en los bautizos editoriales fueron aplacados para comentar en exclusiva el artículo de este ex editor de la Universidad de Caldas. Conocimos interesantes y agudas réplicas de los lectores, algunas publicadas por esta revista en los números siguientes. La pasión y contundencia de algunas de ellas solo presagiaron que, aunque no habíaunanimidad, el debate tocó fibras muy íntimas y produjo desgarramientos. También se hicieron sentir algunos editores furiosos por la falta de profundidad de Arango, autores rechazados por comités editoriales que disfrutaban del momento y distribuidores de libros preocupados por la credibilidad del sector. Todos participaron en menor o mayor grado del carnaval.
 
Y en medio de todo esto, loseditores universitarios, más bien silenciosos y con resaca, nos retiramos a nuestras habitaciones con la esperanza de que el debate poco a poco se olvidara. Creíamos que se trataba de una cuestión que concernía en mayor medida a las universidades públicas y que estábamos parcialmente de acuerdo con la idea de que hay que detener esta carrera absurda por obtener salario a costa de cientos de páginasmediocres y fofas en los libros universitarios. Tal vez comentamos que el deber de nuestras editoriales era asegurarse, en el momento indicado, su propio balance. Y que al final cada uno responda por su territorio.
 
El tiempo pasó pero, como dice la canción de Tom Waits, no borró las heridas del formol. Y permítanme confesarlo: muchos nos quedamos con la espina de que no se había dicho todo enel debate y de que, sobre todo, los enemigos de la edición universitaria estaban muy contentos con el paisaje dejado por este joven bulldozer del Eje Cafetero. De algún modo el paisaje no era el mismo, y no podría serlo.
 
Durante la última Feria Internacional del Libro en Bogotá, posterior al litigio, una inquietud asaltó mi espíritu. ¿Por qué Arango había incluido una entradilla tan severa alcomienzo del artículo? Recuerdo a los lectores dicha entradilla, redactada para motivar la lectura: “Un montón de papeles arrumados, mal escritos, que no aportan nada nuevo y que nadie lee es la síntesis de la producción académica colombiana”. Fuerte conclusión. Por supuesto, para los editores universitarios una suerte de puñal con curare. La frase, como lo anotaron algunos lectores, lucía...
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