Arturo frondizi el mito del pacto con perón

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  • Publicado : 29 de diciembre de 2010
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Capítulo 1
Por qué escribo este trabajo

Arturo Frondizi y mi padre se conocieron en una convención de la juventud de la Unión Cívica Radical en Rosario, allá por el año ’30. Frondizi con 22 años, mi padre con 24. Desde entonces fueron ininterrumpidamente amigos.
Lo conocí personalmente siendo un niño. Fue en un almuerzo que se hizo en el hotel La Giralda (demolido hacen más de cuarentaaños), en mi ciudad de Santa Fe. Supongo que durante la campaña electoral del radicalismo y la fórmula Balbín - Frondizi.
Me le escapé a mi madre de nuestra casa, vivíamos a media cuadra del hotel, y, no sé como pero me “filtré” en el almuerzo. Al entrar, estaba lleno de gente, lo divisé a mi padre, y a Frondizi en el centro mismo de esa enorme mesa en forma de “U”. Me encaminé resueltamente (conesa resolución que da la inconciencia, aunque las rodillas no estaban muy firmes que digamos) y me planté delante de Frondizi diciéndole, palabra más o menos: “Doctor Frondizi, soy fulano de tal y lo quiero saludar...”. Frondizi (lo recuerdo como si estuviera viviéndolo ahora mismo) se puso de pié y me tendió la mano: “Mucho gusto joven –y señalando la mesa, agregó-- ¿nos quiere acompañar?”.Tartamudeé un “no gracias”, di media vuelta y me fui, en medio de las bromas que algunos otros comensales (de esto me enteré ya de grande) le hacían a mi padre, diciéndole que él me había mandado a hacer ese “acto”.
Recuerdo con sorprendente claridad este episodio (de hacen bastante más de cincuenta años), el frío en el estómago que sentí mientras cruzaba el gran salón (que a mí, en esos momentos meparecía del tamaño de una cancha de fútbol) y cuando Frondizi se puso de pié y me dio la mano. Una mano seca, suave, pero firme. Salí de ahí “ancho” de orgullo, con las piernas que apenas me sostenían, pero “ancho”.
Con los años, luego de ser presidente, estuve con él un par de veces, en Santa Fe, pero no fue sino hasta que vine a vivir a Buenos Aires, que comencé a frecuentarlo, en el Centrode Estudios Nacionales de la calle (por entonces) Cangallo, en el Comité Nacional de Ayacucho 49, y finalmente, y con mayor asiduidad, en su casa de la calle Berutti. Al principio para transmitirle mensajes de mi padre y viceversa, pero poco a poco, comencé a visitarlo por mi cuenta.
Ya por los años 80’, era un asiduo visitante. A grado tal que sus dos muy eficientes y severas colaboradoras,Martha Bullit Goñi por las mañanas y Olga Hechem por las tardes, a quienes recuerdo con muy particular cariño, y les rindo desde estas páginas un cálido homenaje (sin olvidar al leal y eficiente Moscato, siempre tipiando los trabajos que Don Arturo le encomendaba), acabaron por admitir que me presentara sin anuncio previo.
Frondizi me honró con su amistad, a pesar de las décadas que nos separaban.Hemos tenido, con mi mujer, el gusto de recibirlo en repetidas ocasiones en nuestra casa y compartir nuestra mesa. He recibido muestras irrefutables de su afecto, su severo sentido de la amistad y solidaridad humana. Y trataré hoy, desde estas páginas de retribuir de alguna manera a esa afectuosa y honrosa amistad.
Contrariando la severa apariencia de ese rostro aguileño, de mirada penetrante,Frondizi era un amigo cálido, generoso, consecuente y de una extraordinaria sensibilidad. Además, aderezaba estas condiciones con un inesperado (para quienes no lo conocían) sentido del humor, que nunca perdía ocasión en poner de manifiesto.
Contrariamente a lo que muchos (interesadamente) sostenían, el Frondizi de la década de los ‘80 no envejecía intelectualmente. Su mente no declinaba. Estabaperfectamente lúcido. Enriquecido por la experiencia de los años vividos tan intensamente como los vivió él, sumado al hecho de haber ocupado la presidencia de la Nación durante cuatro turbulentos (pero fructíferos para la Nación) años.
Las enfermedades y posteriores fallecimientos de su hija Elena, primero, y años después de su señora, fueron dos duros golpes para su espíritu. Trastabilló...
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