Aura

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LEES ESE ANUNCIO: UNA OFERTA DE ESA NATURALEZA no se hace todos los días. Lees el aviso. Dirigido a ti, a nadie mas. Dejas que la ceniza del cigarro caiga en la taza de té que has estado bebiendo en este cafetín sucio y barato. tu releerás. Se solicita historiador joven. Ordenado. Lengua francesa. Conocimiento perfecto, coloquial. Capaz de desempeñar labores de secretario. Juventud, conocimientodel francés, preferible si ha vivido en Francia algún tiempo. Tres mil pesos , comida y recamara cómoda, asoleada, apropiada estudio. Solo falta tu nombre. Solo falta que las letras mas negras y llamativas del aviso informen: Felipe Montero. Se solicita Felipe Montero, antiguo becario en la Sorbona, historiador cargado de datos inútiles, acostumbrado a exhumar papeles amarillentos, profesorauxiliar en escuelas particulares, novecientos pesos mensuales. Pero si leyeras eso, sospecharías, lo tomarías a broma. Donceles 815. Acuda en persona. No hay teléfono.
Recoges tu portafolio y dejas la propina. Piensas que otro joven, en condiciones semejantes a las tuyas, ya ha leído ese mismo aviso, tornado la delantera, ocupado el puesto. Tratas de olvidar mientras caminas . Esperas el autobús,enciendes un cigarrillo, repites en silencio las fechas que debes memorizar para que esos niños te respeten. Tienes que prepararte. El autobús se acerca y tu estas observando las puntas de tus zapatos negros. Tienes que prepararte. Metes la mano en el bolsillo, juegas con las monedas re, por fin escoges treinta centavos, los aprietas con el puno y alargas el brazo para tomar firmemente el barrotede fierro del camión que nunca se detiene, saltar, abrirte paso, pagar los treinta centavos, acomodarte entre los pasajeros apretujados que viajan de pie, apoyar tu mano derecha en el pasamanos, apretar el portafolio y colocas la mano izquierda sobre la bolsa trasera del pantalón, donde guardas los billetes.
Ese día, idéntico a los demás, y no volverás a recordarlo sino al día siguiente, cuandote sientes de nuevo en la mesa, pidas el desayuno y abras el periódico. La pagina de anuncios, allí estarán, otra vez, esas letras destacadas: historiador joven. Nadie acudió ayer. Leerás el anuncio. Te detendrás en el ultimo renglón: cuatro mil pesos.
Te sorprenderá que alguien vive en la calle de Donceles. Siempre has creído que en el viejo centro de la ciudad no vive nadie. Caminas conlentitud, tratando de distinguir el numero 815. Las nomenclaturas han sido revisadas, superpuestas, con-fundidas. El 13 junto al 200, el antiguo azulejo numerado «47» encima de la nueva advertencia pintada con tiza: ahora 924. Levantaras la mirada a los segundos pisos: allí nada cambia. Las sinfonolas no perturban, las luces de mercurio no iluminan, las baratijas expuestas no adornan ese segundo rostrode los edificios. Unidad del tezontle, los nichos con sus santos truncos coronados de palomas, la piedra labrada de barroco mexicano, los balcones de celosía, las troneras y los canales de lamina, las gárgolas de arenisca. Las ventanas ensombrecidas por lar-gas cortinas verdosas: esa ventana de la cual se retira alguien en cuanto tu la miras, miras la portada de vides caprichosas, bajas la miradaal zaguán despintado y descubres 815, antes 69.
Tocas con esa manija, esa cabeza de perro en cobre, gastada, sin relieves: semejante a la cabeza de un feto canino en los museos de ciencias naturales. Imaginas que el perro te sonríe y sueltas su contacto helado. La puerta cede al empuje levísimo, de tus dedos, y antes de entrar miras por ultima vez sobre tu hombro, frunces el ceño porque la largafila detenida de camiones y autos gruñe,. Tratas, de retener una sola imagen de ese mundo exterior .
Cierras el zaguán — patio, porque puedes oler el musgo, la humedad de las plantas, las raíces podridas, el perfume adormecedor —. Buscas una luz que te guíe. Buscas la caja de fósforos en la bolsa de tu saco pero esa voz aguda y cascada te advierte desde lejos:
—No. . . no es necesario. Le...
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