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El terror de 1824
Benito Pérez Galdós
[pic]
Portada de la edición de 1885
[5]

- I -
     En la tarde del 2 de octubre de 1823 un anciano bajaba con paso tan precipitado como inseguro por las afueras de la puerta de Toledo en dirección al puente del mismo nombre. Llovía menudamente, pero sin cesar, según la usanza del hermoso cielo de Madrid cuando se enturbia, y la ronda podía competir enlodos con su vecino Manzanares, el cual hinchándose como la madera cuando se moja, extendía su saliva fangosa por gran parte del cauce que le permiten los inviernos. El anciano transeúnte marchaba con pie resuelto, sin que le causara estorbo la lluvia, con el pantalón recogido hacia la pantorrilla y chapoteando sin embarazo en el lodo con las desfiguradas botas. Iba estrechamente forrado, comotizona en vaina, en añoso gabán oscuro, cuyo borde y solapa se sujetaban con alfileres allí donde no había botones, [6] y con los agarrotados dedos en la parte del pecho, como la más necesitada de defensa contra la humedad y el frío. Hundía la barba y media cara en el alzacuello, tieso como una pared, cubriéndose con él las orejas y el ala posterior del sombrero, que destilaba agua como cabeza detritón en fuente de Reales Sitios. No llevaba paraguas ni bastón. Mirando sin cesar al suelo, daba unos suspiros que competían con las ráfagas de aire revuelto. ¡Infelicísimo varón! ¡Cuán claramente pregonaban su desdichada suerte el roto vestido, las horadadas botas, el casquete húmedo, la aterida cabeza y aquel continuo suspirar casi al compás de los pasos! Parecía un desesperado que iba derecho adescargar sobre el río el fardo de una vida harto pesada para llevarla más tiempo. Y sin embargo, pasó por el puente sin mirar al agua y no se detuvo hasta el parador situado en la divisoria de los caminos de Toledo y Andalucía.
     Bajo el cobertizo destinado a los alcabaleros y gente del fisco (1), había hasta dos docenas de hombres de tropa, entre ellos algunos oficiales de línea yvoluntarios realistas de nuevo cuño en tales días. Los paradores cercanos albergaban una fuerza considerable cuya misión era guardar aquella principalísima entrada de la Corte, ignorante aún de los sucesos que en el [7] último confín de la Península habían cambiado el Gobierno de constitucional dudoso en absoluto verídico y puro, poniendo fin entre bombas certeras y falaces manifiestos, a los tres llamadosaños. En aquel cuerpo de guardia se examinaban los pasaportes, vigilando con exquisito esmero las entradas y salidas, mayormente estas últimas, a fin de que no escurriesen el bulto los sospechosos ni se pusieran en cobro los revolucionarios, cuya última cuenta se ajustaría en el tremendo Josafat del despotismo.
     El vejete se acercó al grupo de oficiales y reconociendo prontamente al que sinduda buscaba, que era joven, adusto y morenote, bastante adelantado en su marcial carrera como proclamaban las insignias, díjole con mucho respeto:
     -Aquí estoy otra vez, señor coronel Garrote. ¿Tiene vuecencia alguna buena noticia para mí?
     -Ni buena ni mala, señor... ¿cómo se llama usted? -repuso el militar.
     -Patricio Sarmiento, para servir a vuecencia y a la compañía; PatricioSarmiento, el mismo que viste y calza, si esto se puede decir de mi traje y de mis botas. Patricio Sarmiento, el... [8]
     -Pase usted adentro -díjole bruscamente el militar, tomándole por un brazo y llevándole bajo el cobertizo-. Está usted como una sopa.
     Un rumor, del cual podía dudarse si era de burla o de lástima, y quizás provenía de las dos cosas juntamente, acogió la entrada delinfeliz preceptor en la compañía de los militares.
     -Sí, señor Garrote -añadió Sarmiento-; soy, como decía, el hombre más desgraciado de todo el globo terráqueo. Ese cielo que nos moja no llora más que lloro en estos días, desde que me han anunciado como probable, como casi cierta la muerte de mi querido hijo Lucas, de mi niño adorado, de aquel que era manso cordero en el hogar paterno y león...
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