Biogragia

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“El Hombre de la Rosa”
Manuel Rojas

“Uso exclusivo de Vitanet, Biblioteca Virtual 2004

El Hombre De La ROSA En el atardecer de un día de noviembre, hace ya algunos años, llegó a Osorno, en misión catequista, una partida de misioneros capuchinos. Eran seis frailes barbudos, de complexión recia, rostros enérgicos y ademanes desenvueltos. La vida errante que llevaban les había diferenciadoprofundamente de los individuos de las demás órdenes religiosas. En contacto continuo con la naturaleza bravía de las regiones australes, hechos sus cuerpos a las largas marchas a través de las selvas, expuestos siempre a los ramalazos del viento y de la lluvia, estos seis frailes barbudos habían perdido ese aire de religiosidad inmóvil que tienen aquellos que viven confinados en el calorcillo delos patios del convento. Reunidos casualmente en Valdivia, llegados unos de las reducciones indígenas de Angol, otros de La Imperial, otros de Temuco, hicieron juntos el viaje hasta Osorno,, ciudad en que realizarían una semana misionera y desde la cual se repartirían luego, por los

caminos de la selva, en cumplimiento de su misión evangelizadora. Eran seis frailes de una pieza y con toda labarba. Se destacaba entre ellos el padre Espinoza, veterano ya en las misiones del sur, hombre de unos cuarenta y cinco años, alto de estatura, vigoroso, con empaque de hombre de acción y aire de bondad y de finura. Era uno de esos frailes que encantan a algunas mujeres y que gustan a todos los hombres. Tenía una sobria cabeza de renegrido cabello, que de negro azuleaba a veces como el plumaje delos tordos. La cara de tez morena pálida, cubierta profusamente por la barba y el bigote capuchinos. La nariz un poco ancha; la boca, fresca; los ojos, negros y brillantes. A través del hábito se adivinaba el cuerpo ágil y musculoso. La vida del padre Espinoza era tan interesante como la de cualquier hombre de acción, como la de un conquistador, como la de un capitán de bandidos, como la de unguerrillero. Y un poco de cada uno de ellos parecía tener en su apostura, y no le hubiera sentado mal la armadura del primero, la manta y el caballo fino de boca del segundo y el traje liviano y las armas rápidas del último. Pero, pareciendo y pudiendo ser cada uno de aquellos hombres, era otro muy distinto. Era un hombre sencillo, comprensivo, penetrante, con una fe ardiente y dinámica y un espíritureligioso, entusiasta y acogedor, despojado de toda cosa frívola. Quince años llevaba recorriendo la región araucana. Los indios que habían sido catequizados por el padre

Espinoza adorábanlo. Sonreía al preguntar y al responder. Parecía estar siempre hablando con almas sencillas como la suya. Tal era el padre Espinoza, fraile misionero, hombre de una pieza y con toda la barba. *** Al díasiguiente, anunciada ya la semana misionera, una heterogénea muchedumbre de catecúmenos llenó el primer patio del convento en que ella se realizaría. Chilotes, trabajadores del campo y de las industrias, indios, vagabundos, madereros, se fueron amontonando allí lentamente, en busca y espera de la palabra evangelizadora de los misioneros. Pobremente vestidos, la mayor parte descalzos o calzados congroseras ojotas, algunos llevando nada más que camiseta y pantalón, sucias y destrozadas ambas prendas por el largo uso, rostros embrutecidos por el alcohol y la ignorancia; toda una fauna informe, salida de los bosques cercanos y de los tugurios de la ciudad. Los misioneros estaban acostumbrados a ese auditorio y no ignoraban que muchos de aquellos infelices venían, más que en busca de una verdad, endemanda de su generosidad, pues los religiosos, durante las misiones, acostumbraban repartir comida y ropa a los más hambrientos y desarrapados. Todo el día trabajaron los capuchinos. Debajo de los árboles o en los rincones del patio, se apilaban los

hombres, contestando como podían, o como se les enseñaba, las preguntas inocentes del catecismo. —¿Dónde está Dios? —En el cielo, en la tierra...
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