Cantinflas

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Es viernes, cayó la noche. No salgo de mi estupor. No es posible. Como docente, como artista, como hombre de teatro, pero sobre todo como ser humano, no he podido salir del estupor, de la conmoción que ha significado asistir, en mi universidad, a la performancia infamante, al espectáculo ruin del escarnio público al que fue sometida una persona por una horda enervada que creyéndose el cuento de lajusticia propia, de la autodefensa, pactó con la vigilancia de la universidad, como gran concesión, el que fuese entregado el supuesto delincuente para ser sometido a una suerte de juicio tan revolucionario como artero, en un sitio sagrado de la inteligencia y del respeto a la integridad y a la dignidad de las personas, como debería serlo una universidad. ¿Qué es esto? ¿Qué síntoma o quéenfermedad es esta, qué nos corroe, qué alimenta los vítores y la sed de venganza, qué eran esas voces que pedían sangre para saciar qué sed, para hartar qué apetito? ¿Qué hacían nuestros muchachos, como horda prehistórica, clamando enardecidos una justicia de juguete? ¿Qué viene a ser la justicia? ¿Quién es la justicia? ¿Cómo maldecir mañana al asesino que no tuvo piedad de su víctima, si hemos visto undesfile de victimarios, en cuyos semblantes se escondía un asesino en potencia? ¿Qué duele tanto? Quizá reconocer que en cada rostro de esos estaba un hijo nuestro y que nuestros hijos también pueden llegar ser asesinos, que la fragilidad de la vida, de los principios, puede ponerse en evidencia y saltarse los diques ante un pequeño gesto. Y nosotros, profesores en cuestión, dizque formandoformadores… Qué vergüenza con el género humano presenciar EN UNA UNIVERSIDAD PÚBLICA ese lento paseo de la victoria de unos energúmenos, que como si condujeran al cadalso a un condenado, rememoraba las más abominables secuencias de una historia que ya parecía superada -después de tanta sangre derramada- por los acuerdos, las constituciones y las leyes de la contemporaneidad. Qué morbo, quéirracionalidad, qué iracundia. He visto cómo algunos le levantaban el rostro al presunto criminal para ser señalado: quizá un ladrón de pacotilla, sí; quizá un asesino, sí; quizá un transeúnte, sí; quizá un actor secundario de esta farsa, sí: quizá un Roa Sierra, quizá un chivo expiatorio, quizá el culpable de todos los robos de la universidad, quizá el fetiche que representa al culpable de todas lasfrustraciones y los resentimientos de todos quienes lo cercaban… sí ¿sí? ¿Qué suma de frustraciones trae consigo este aparente acto simple de justicia propia, de “escarmiento”, de degradación? ¿Qué advertencia, qué llamado, qué desespero nos hacen a los sus maestros, a los docentes, estos desafueros? ¿Será que estamos preparando a nuestros estudiantes para todo, menos para enfrentar las pruebas que la cotidianidad nos pone frente a la vida, pruebas en las que salen a flote los principios, los criterios, las éticas, los mandamientos de los credos, las reservas morales, la conciencia de los derechos humanos, que proscriben el uso autónomo de la fuerza y de la justicia, y que condenan la violencia? Una prueba que no logramos superar. ¿Qué tal que volvamos a que cualquiera pueda ser juez de nuestrosactos? ¿Qué tal que seamos jueces de los actos de los demás, y dispensemos condenas según nuestras escalas morales, siempre tan cortas y tan contradictorias? Y los que creíamos que los violentos de nuestro campus eran unos cuántos, unos pocos, unos desadaptados… Qué diremos ahora de las gradas abarrotadas, de los ventanales adyacentes saturados; qué diremos de la multitudinaria parodia justiciera,y de las pocas voces de repudio a semejante simulacro que no alcanzaron a tronar, a elevarse por encima de la miseria que semejante acto representa como tal, y como símbolo. El grotesco, goyesco espectáculo de un juicio multitudinario presidido por delincuentes encapuchados -a quienes la horda entregó al “delincuente”- que no son otra cosa que aquellos que ocultan, intimidan, amedrentan, hacen...
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