Cap. 4 la charca

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Junto al río, sentados sobre un prado de musgo, varios campesinos jugaban naipes. Había allí un bosquecillo, un lugar oculto, libre de las miradas de los que transitaban por el camino y situado detrás de la tienda de Andújar. Parecía una cripta; la Naturaleza ofrece asilos floridos para el amor, para el sueño, para el crimen.

Deblás, manoseando una sucia baraja, dirigía la contienda:contienda del azar o de la trampa.

Colocaba las cartas sobre el suelo mullido por prolífica fumaria, metodizaba luego las apuestas, iba luego descubriendo las cartas y, por fin, pagaba a los afortunados y cobraba a los que perdían. Se cruzaban apuestas de ochavos, de una peseta a lo sumo, y en la banca se apiñaba un montón de monedas que el ansia de los jugadores agrandaba.

Deblás, perseguido porla justicia, había encontrado en la comarca un buen escondite. Su primo Andújar le protegía. Éste, más de una vez, desvió a la policía forestal, despistándole y sustrayendo de sus garras la presa.

Para un hombre como Andújar, un primo como Deblás podía ser útil en ciertos momentos. Es verdad que se veía obligado a sostenerle con dinero y vituallas; mas era preferible tal dispendio a tener unpariente en presidio o, tal vez, tenerle suelto por enemigo.

Deblás era ave incierta, de esas que no tienen zona propia y vuelan de un lugar a otro, atisbando las buenas presas. Su irregular situación con la justicia le impedía mostrarse y trabajar en las fincas, a menos que fuera en operaciones de las que no figuran en la lista de la semana; y, de otro lado, los propietarios, conociendo lahistoria del presidiario, esquivaban darle trabajo por temor a verse envueltos en asuntos de justicia.

De ese modo, Deblás vivía del favor de Andújar, de la amistad de algunos campesinos, de la tolerancia de todos y de las ventajas del juego, que establecía invariablemente los domingos.

Así pues, en la jugada a orillas del río llevaba aquel día el timón. Con su cuerpo flaco, encogido, parecíaun sediento sorbiendo poco a poco el dinero de los otros. Sus dedos, anchos y aplastados en la punta, barrían las monedas como escoba de pajuncia que barriera el polvo, y los naipes en sus manos parecían sujetos por un secreto imán, mezclados con la atracción de un unto pegajoso. No podían caer y dispersarse: estaban asidos por aquellas manos flexibles, que a cada contracción muscular lesimprimían una forma y una disposición distinta.

En torno estaban los puntos, los que apostaban, y más afuera los que miraban sin jugar. En conjunto, veinte o treinta gañanes, que sudaban ansiosos ante las peripecias del juego.

Entre ellos veíase a Ciro, luciendo su cara maliciosa y su expresión concupiscente. Si perdía, lanzaba palabrotas y reía con risa que ocultaba el enojo, maldiciendo de lamala suerte. A veces cambiaba de postura como cambiando de plan de batalla. Entonces se ponía muy serio, como quien ha encontrado al cabo la clave de un enigma y reúne los cinco sentidos para comprobar la eficacia del descubrimiento.

De vez en cuando, sin embargo, se distraía, dejaba de apostar y miraba fuera del círculo de jugadores y curiosos. Parecía buscar, esperar algo. Sus ojos tropezabancon la maraña de arbolitos, que cerraban el paso a la mirada, y sólo por un lado, levantando la cabeza, conseguían ver, en lo alto del barranco, el tabique posterior de la tienda de Andújar, mostrando la mal unida superficie de la tablazón de cedro, sucia y desteñida por las lluvias y el tiempo.

La cabezota innoble de Gaspar destacábase allí en la primera fila, como figura de relieve amasadaen el barro. Veíasele de bruces en la embriaguez de la baraja, mostrando su penacho de pelos grises, espesos y enmarañados; sus senos frontales deprimidos; sus pómulos pronunciados; sus órbitas grandes, huesosas, muy separadas entre sí; su nariz ancha, con una ventana más grande que otra; su bigote hirsuto y escaso; sus orejas, con el lóbulo adherido a la piel de la cara; su maxilar inferior,...
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