Capitulo vii la sangre

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El ruido de la puerta al abrirse, arranca a Antonio del soliloquio. El alcaide entra con la cantina del almuerzo. El preso, en pie, retira la cuchara y el tenedor de estaño. y, uno a uno, los platos, y arrimando una silla se sienta a comer. La sopa, cubierta por una capa de grasa fría, la carne guisada y el plátano salcochado, duros como suela, el arroz con habichuelas tan revuelto, cual si lehubiese escarbado una gallina. El carcelero se desploma en el mecedor, la camisa desabotonada. Gotas gruesas de sudor le corren hasta la empella, cintilando en los pelos de tetillas y ombligo. Resopla como un escualo varado, y después de aspirar con fuerza, exclama:

—¡Caray, qué calor!

Antonio engulle a prisa, callado.

El alcaide continúa:

—Mañana voy a ver como te paso al Salón; allíestarás fresco y te divertirás mirando pal río y pal corral de los criminales.

—Se lo agradeceré mucho, papá Quin.

—Sí, hombre, caray, que ya tienes un año aquí. ¿Cuántas veces te han metido?

—¿A mí?, quince con ésta; pero nunca he permanecido tanto tiempo ni tan solo.

—Ahora hay pocos presos políticos. La República está como una balsa de aceite.

—¿Y qué hay de nuevo? —inquiere.—Na; no pasa na. El Generai está por el Cibao, y el Palacio vacío. Cuando él se va, no parece ni que hay gobierno.

—¿Y en qué anda por el Cibao?

—Dicen que a recoger la papeleta. Eso de la papeleta, si que no me gusta. Figúrate, caray, que estos zapatos me han costado cien pesos hace una semana, y hoy, con un peso, no se compra en la plaza una libra de carne.

—Y el comercio, ¿ qué dice?—Ello, repinga su miajita; pero al que no coge el billete, ya tú sabes. —Y se pasa el índice por debajo de la papada, haciendo una mueca lúgubre.

—Pero esa situación es insostenible —replica Antonio con viveza.

—No creas na, muchacho. Lilí sabe más que los blancos de la Impruven y les sacará más cuartos.

—Pero el país es quien, a la postre, pagará los vidrios rotos; usted, yo y todos, que conlos derechos por las nubes no ganamos ni para comer.

—Yo ni entiendo de eso, ni me meto. El Generai lo arreglará to; con él no hay quien puea.

—¿Usted cree?

—¿Que si lo creo? No jeringues, muchacho, si aquí no ha parlo madre otro igual, ni lo pare.

Déjate de caballás y arréglate con él. Mira que yo los he visto, que mordían las rejas de rabia, salir de aquí y al otro día serPapacotes. A más de un gobernador le he remachao endenantes buenos pares de grillos. Será Presidente hasta que se muera. Ese negro es el demonio y no hay quien se menee.

—Dicen que es brujo —le interrumpe Antonio.

—Ello pué que lo sea. Lo que te digo es que sabe más que yo mismo lo que pasa en la caice. To se lo cuentan o lo adivina. Yo tengo un compadre seibano, que cree que Lilí es galipote.

—¿Yqué es eso?

—Ah, caray,. ¿tú no sabes lo que es un galipote?

—Palabra que no.

—Pues un hombre que tiene la virtud de volverse animal: perro, gallo, hormiga; y dime si con un marchante así, hay quien se atreva.

—Pero de veras, papá Quin, ¿usted cree en eso?

—Te diré: yo no lo he visto, pero mi compai sí. A él, siendo pedáneo, le dieron la orden de prender a un vividor de su sección,que era brujo, y al pecharse con él, cerquininga de una mata de la sabana, se le volvió puerco.

Antonio rompe a reír. El alcaide se incorpora y concluye:

—Sí, ríete; pero oye lo que te digo por tu bien: arréglate. No seas sonso, mira que Lilí está untao y no le entran las balas.

—¿Y la que le pegó en la nuca en El Cibao?.

El barcino, arrastrando los pies, cierra tras sí la puerta.Antonio se queda de nuevo frente a la realidad atroz, que la conversación con el carcelero ha hecho aún más evidente: la potencia de su enemigo.

¿Cómo ha escalado la presidencia este hombre, hijo de haitiano, nieto, por la madre, de un prócer venezolano, según se dice, con un poder tan absoluto? ¿Qué hado le solivia constantemente desde las aventuras en la frontera sur, más que de guerra, de...
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