Carl jung , los pueblos indios

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LOS PUEBLOS INDIOS
Carl Gustav Jung

1) Necesitamos siempre un punto de vista al margen de las cosas para emplear eficazmente la palanca de la crítica. Ello es especialmente válido para las cuestiones psicológicas en las cuales somos más parcialmente subjetivos que en cualquier otra ciencia. Por ejemplo, ¿cómo podemos hacernos cargo de las características nacionales si nunca tenemosocasión de contemplar nuestra nación desde fuera? Contemplar desde afuera significa ver desde el punto de vista de otra nación. Para ello es necesario adquirir un conocimiento suficiente del alma colectiva ajena, y en este proceso de asimilación se enfrenta uno con todas aquellas incompatibilidades que constituyen el prejuicio nacional y la idiosincrasia nacional. Todo lo que a mí me irrita en otropuede convertirse en conocimiento de mí mismo. Comprendo a Inglaterra sólo cuando yo como suizo no encajo con ella. Europa, nuestro mayor problema, sólo la comprendo si veo, como europeo, que yo no encajo en el mundo. Gracias a mi trato con muchos americanos y a mis viajes hacia América y a través de ella se debe mucho de mi comprensión y crítica de la naturaleza del europeo, y me parece que no haynada más provechoso para un europeo que contemplar a Europa desde lo alto de un rascacielos. Por primera vez contemplé el espectáculo europeo desde el Sahara, rodeado de una civilización que es a la nuestra algo así como la antigüedad romana es a la época moderna. Luego en América comprendí hasta qué punto estaba yo preso todavía en la consciencia de la cultura del hombre blanco. Entonces crecióen mí el deseo de proseguir de este modo la comparación histórica descendiendo a un nivel cultural aún más profundo.

2) Mi siguiente viaje lo realicé en compañía de algunos amigos americanos. Visité los indios de Nuevo Méjico, y concretamente a los pueblos indios constructores de ciudades. Por cierto, que “ciudades” es decir demasiado, pues en realidad son aldeas nada más, pero sus casasapiñadas y construidas una sobre otra sugirieron la palabra “ciudad”, así como su idioma y todas sus costumbres. Allí tuve por primera vez la suerte de hablar con un no europeo, es decir, con un hombre no blanco. Era un cacique del pueblo Tao, un hombre inteligente de entre cuarenta y cincuenta años. Se llamaba Ochwiä Biano (Lago de montaña). Pude hablar con él de un modo como raramente he habladocon un europeo. Evidentemente estaba preso en su mundo, como un europeo lo está en el suyo, pero ¡en qué mundo! Si se habla con un europeo, uno encalla siempre en lo conocido desde tiempo inmemorial y, sin embargo, nunca comprendido; en cambio allí uno navega por mares profundos y exóticos. En ello no se sabe qué es lo más fascinante, si la visita desde otra orilla o el descubrimiento de nuevosaccesos a lo remotamente conocido y casi olvidado.

3) “Mira”, decía Ochwiä Biano, “lo crueles que parecen los blancos. Sus labios son finos, su nariz puntiaguda, sus rostros los desfiguran y surcan las arrugas, sus ojos tienen duro mirar, siempre buscan algo. ¿Qué buscan? Los blancos quieren siempre algo, están inquietos y desasosegados. No sabemos lo que quieren. No les comprendemos. Creemosque están locos”. Le pregunté por qué creía que todos los blancos están locos. Me respondió: “Dicen que piensan con la cabeza”. “¡Pues claro! ¿Con qué piensas tú”, le pregunté. “Nosotros pensamos aquí”, dijo señalando su corazón.

4) Quedé sumido en largas reflexiones. Por primera vez en mi vida, me pareció que alguien me había trazado un retrato del auténtico hombre blanco. Era como sihasta entonces sólo hubiera recibido impresiones teñidas de sentimentalismo. Este indio había acertado nuestro punto vulnerable y señalado algo para lo que somos ciegos. Sentí nacer en mí como una niebla difusa, algo desconocido y, sin embargo, entrañablemente íntimo. Y de esta nebulosa iban surgiendo, imagen tras imagen, primero legiones romanas, tal como irrumpieron en las ciudades de la Galia,...
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