Casi la luna

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Alice Sebold

Casi la

luna

Para Glen, siempre

Índice

Argumento 5
Capítulo 1 6
Capítulo 2 15
Capítulo 3 21
Capítulo 4 33
Capítulo 5 52
Capítulo 6 70
Capítulo 7 76
Capítulo 8 84
Capítulo 9 91
Capítulo 10 108
Capítulo 11 137
Capítulo 12 154
Capítulo 13 162
Capítulo 14 184
Capítulo 15 213
Agradecimientos 231

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Argumento

En su nueva novela,Alice Sebold explora los entresijos de las relaciones entre madre e hija, el lado oculto de la piedad y la línea invisible que nos separa de nuestros más profundos deseos. Carol y Helen Knightly son una madre y una hija atrapadas en una relación opresiva que hace que la vida de cada una orbite en torno a la de la otra. Desde que su padre murió, Helen ha dedicado su vida a cuidar de la madre enferma.Hasta que un acontecimiento fatal lo precipita todo. Durante las veinticuatro horas en que transcurre la acción de Casi la luna, el pasado familiar de Helen desfilará vertiginosamente ante sus ojos: la madre tiránica, el padre amoroso pero ausente, el ex marido solícito y las hijas, con las que ha pasado los momentos más felices de su vida. Como mujer que siempre ha intentado ganarse el amor dealguien incapaz de dárselo, ahora se enfrenta a una libertad desconcertante y abismal. Una historia apasionante escrita como solo Alice Sebold puede hacerlo.

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Capítulo 1

A fin de cuentas, matar a mi madre resultó sencillo. La demencia, cuando se precipita, logra de algún modo revelar el alma de la persona afectada por ella. El alma de mi madre estaba corrompida como el agua salobreque llevara semanas en el fondo de un jarrón con flores. Era hermosa cuando mi padre la conoció y aún conservaba la capacidad de amar cuando se convirtió en mi madre a una edad avanzada, pero en el momento en que aquel día levantó la vista para mirarme, nada de eso tuvo la menor importancia.

Si no hubiera descolgado el auricular, la señora Castle, la desafortunada vecina de mi madre, habríaseguido llamando a los números de emergencia de la lista que colgaba del frigorífico color almendra de mi madre. Sin embargo, no había pasado ni una hora y ya me encontraba regresando a toda prisa a la casa en que había nacido.

Era una fría mañana de octubre. Cuando llegué mi madre estaba sentada muy derecha en su sillón de orejas, envuelta en un chal de mohair, murmurando para sí. La señoraCastle me dijo que mi madre no la había reconocido cuando le había llevado el periódico aquella mañana.

—Ha intentado cerrarme la puerta en las narices —dijo la señora Castle—. Gritaba como si la estuvieran escaldando. Ha sido una escena de lo más lamentable.

Mi madre, aquella presencia totémica, estaba sentada en el sillón de orejas tapizado en rojo y blanco en el que había pasado lasmás de dos décadas transcurridas desde la muerte de mi padre. Había envejecido lentamente en aquel sillón, dedicada primero a la lectura y a hacer punto, y después, cuando la vista comenzó a fallarle, a ver programas de la televisión pública desde el amanecer hasta que se quedaba dormida después de la cena. De un año o dos a esta parte se sentaba en el sillón y ni siquiera se molestaba en encenderel televisor. Se colocaba en el regazo las madejas de hilo embrollado que mi hija mayor, Emily, seguía mandándole cada año por Navidad y las acariciaba como algunas ancianas deben de acariciar a sus gatos.

Le di las gracias a la señora Castle y le aseguré que me ocuparía de todo.

—Ya va siendo hora —dijo, volviéndose para mirarme desde la entrada—. Es terrible el tiempo que lleva sola enesta casa.

—Lo sé —respondí, y cerré la puerta.

La señora Castle descendió los escalones del porche de mi madre cargada con tres platos de distinto tamaño que había encontrado en la cocina y que según ella le pertenecían. No lo dudé. Los vecinos de mi madre eran una bendición. Cuando era pequeña, mi madre solía arremeter contra la iglesia ortodoxa griega que había al final de la...
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