Caso Parlacen

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APÍTULO 1
Un macabro hallazgo

CAPÍTULO 2
Con el hacha de la historia

CAPÍTULO 3
Se cierra el círculo

CAPÍTULO 4
El crimen de las cuatro voces

CAPÍTULO 5
Tras las huellas de Zacarías

CAPÍTULO 6
Los tres magníficos

CAPÍTULO 7
El que primero dispara, primero mata

CAPÍTULO 8
Siete muertes con un acervo de rencor

CAPÍTULO 9
Un crimen con sus propias reglas

CAPÍTULO10
Perseguir, silenciar, destruir

ANEXOS
1. Zacarías nos juntó de nuevo. Entrevista a Rodrigo Ávila
2. Las confesiones de Javier Figueroa
3. Los documentos secretos de la CICIG

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Capítulo 1
Un macabro hallazgo
El hallazgo de un casquillo de una ametralladora AK-47 fue el principio de todo: el crimen de los tres diputadossalvadoreños, y su conductor, lo habían cometido policías. La noticia de ese múltiple asesinato estremeció hasta los más inconmovibles por la lección de crueldad humana que se descubrió en una finca de las afueras de la ciudad de Guatemala.

El teléfono celular de Atila sonó dos o tres veces. Rodrigo Ávila Avilés, un ingeniero industrial quien con poco más de 40 años era ya un veterano policía y tambiénjefe por segunda vez de la institución policial salvadoreña, miró su teléfono. La comunicación se originaba en Guatemala, donde la tierra se había tragado a cuatro salvadoreños, tres de ellos representaban a su país ante el Parlamento Centroamericano (parlacen).
Lunes 19 de febrero del 2007, 7:10 de la noche. Rodrigo Ávila respondió, apresuradamente. Ese coleccionista de gorras, insignias yemblemas de todas las policías del mundo reconoció la voz de Erwin Johann Sperisen Vernon, jefe de la Policía de Guatemala, un cuarentón como él, educado en Estados Unidos. Erwin Sperisen soltó sus primeras palabras como si lanzara cuidadosos dardos.
—Lo siento, mano. No sé cómo decírtelo. Realmente no sé cómo hacerlo... Pero tengo que informarte que apareció el carro en que viajaban los diputados de tupaís. De verdad, mano, lo siento. El carro está incinerado y hay cuatro cuerpos quemados—, le dijo Sperisen a Ávila.

El jefe de la Policía de El Salvador miró, por los cristales de su oficina, la gigantesca embajada de Estados Unidos en San Salvador, localizada en el exclusivo barrio de Santa Elena. Cuando escuchó aquello, su rostro se tornó sombrío. Desde varias horas atrás estaba animado deun puntilloso, aunque muy lógico, deseo de saber algo de los diputados desaparecidos, pero esta noticia no era, precisamente, lo que quería escuchar.
El espigado y atlético jefe policial llevaba horas siguiendo los rastros de los tres diputados de su país ante el parlacen. La noticia que llegaba desde Guatemala colocaba a los legisladores en la antesala de la muerte. Hasta el más descreído sabíaeso.
Los pasillos de las principales oficinas de seguridad del Gobierno de El Salvador estaban agitados. La desaparición de los legisladores había corrido como pólvora entre los responsables de la seguridad salvadoreña. Desde el presidente Elías Antonio Saca hasta los principales comisarios de la Policía, pasando por el canci-ller Francisco Laínez, estaban enterados de que los tres legisladoresno acudieron a los encuentros personales que debieron sostener. Mucho menos llamaron, telefónicamente, a sus familiares para notificar su llegada a Guatemala. Eso empeoró la situación y alentó las suspicacias y las solicitudes de ayuda de sus familiares para localizarlos.

Los tres legisladores, y su conductor, viajaron, desde la mañana de ese 19 de febrero, en un Toyota Land Cruiser hasta ciudadde Guatemala. Se sabía que siguieron la ruta Panamericana que une los dos países y que cruzaron la frontera común. Pero, a las 7:10 de la noche de ese lunes, literalmente, nadie sabía de ellos.
Ninguno de los diputados se registró en el hotel Radisson como lo tenían planeado. Tampoco respondían sus teléfonos. Por eso es que, desde las 3 de la tarde, y ante una serie de solicitudes de las...
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