Changoss

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  • Publicado : 30 de septiembre de 2010
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Chango sin espuelas. Cuento de Ángel María Vargas.

Desde que leí este cuento por primera vez lo tengo entre mis favoritos. Más allá de su notorio regionalismo y su emotivo final, este ralato tiene para mí una cadencia musical, propia de la tierra de su autor, La Rioja. Si se logra aprehender esa cadencia, su lectura será sin duda alguna placentera.



Chango sin espuelas.

Cuento deÁngel María Vargas

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Se apean de los burros y atan las riendas en los gajos del enorme algarrobo que vuelca su hirsuta bondad sobre el patio de la escuela.

El viento se lleva la nubecita de polvo que ha venido siguiéndolos por el camino, como un perro lanudo, y se entretiene, ahora, en peinar las matas de verdolaga estiradas en el mojinete de la casucha, en sacudir la caña que sostiene labandera y en golpear las ventanillas de la escuela. Antes de perderse en la llanura, le revuelve las polleras a una gallina y silba en un tinajón abandonado por donde saca las orejas un gato barcino.

Teresa, la criadita de la maestra, hace gemir la campana en lamentos de bronce. El tañido, sin duda, ha de rebotar en el cielo salpicando con gotas de música la estirada soledad del campo. Se retuercela niña en esfuerzos enormes, colgada del largo tiento de vaca anudado al badajo oriniento, y su pollerita de luto, que bate el zonda, le da la exacta apariencia de un jote ahíto que no puede alzar el vuelo.

El rostro de la criadita se convierte en tiznado espejo de las morisquetas con que la saludan los changos escueleros. Todos ellos han sacado de las alforjas, cuyas tintas rojasensangrientan los costillares de los burros, libros sin tapas y cuadernos ahumados y avanzan hacia la Teresa en un revuelo de blusitas color ratón y en un chirriar de espuelas prendidas a las alpargatas como alegres chilicotes. El sol de la mañana, que hace un instante era la rosada mejilla de una muchacha, brilla ahora en las espuelas con guascazos de oro. Casi todas están oxidadas; pero brillan lo mismo.Los changos, además de los libros, traen con gran cuidado, unos paquetitos que guarecen entre los brazos o en el cuenco de las manos, de modo que no vayan a rodar por el suelo. Un cóndor abriendo a tajos el cielo con sus alas, ha de verlos desde arriba igual que una hilera de hormigas llevando sus crías en alto.

La pacota bullanguera es un solo cuerpo de rostros quemados por el sol, brazosque han resuelto vivir fuera de las mangas, y pantorrillas esperanzadas en que los pantalones desciendan un poquito para tapar el muestrario de cicatrices que llevan, desde el chicotazo de los garabatos y el arañazo de los cercos, hasta las quemaduras del rescoldo y las dentaduras de los chocos.

Si no fuera por los paquetitos que cuidaban tanto, se habrían largado a la carrera desde el algarrobohasta la escuela pero hoy avanzan con mucha pausa, con mucha cautela. Sin embargo, como todos los días tienen que hacerle alguna travesura a Teresa, esta vez, para que ría la negrita, endurecen el paso y clavan las espuelas en la tierra de modo que salga un poquito de polvo y parezcan así hombres verdaderos, hombres gauchos.

-Elijo los changos intrusos y agrandaus ?dice la Teresa.

-¿Y vos?¡Negra cara de panza de olla!

La Teresa arroja el cordel peludo y puestas las manecitas en la cadera responde con solemne desprecio:

-Negra soy; pero decente.

La frase cae en el grupo alborotándolo como una gruesa de cohetes en día domingo. Parece que su retintín les hurgara, con dedos invisibles, las costillas o el epigastrio. Chisporrotean las carcajadas en algarabía de pájaros. Ni más nimenos que una bandada de tordos posada en una pirgua repleta de granos o una docena de juanchibiros silbando en la copa de un naranjo.

-Ja… Ja… jay… ¿Decente? ¿Ande han visto un jote decente?

La negrita, armada con una escoba de pichana avanza hacia el grupo que se abre y la absorbe tejiéndole un corralito de rostros socarrones florecidos en muecas bajo los viejos chambergos en forma de...
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