Chito

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  • Publicado : 30 de noviembre de 2011
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A cada latigazo el cuerpecito de Chito culebreaba de dolor. La mano de Pancho castigaba duro con una soga la carne del muchacho que, retorciéndose como un bicho, pedía perdón.
Al fin se vio libre y, lloroso, se arrinconó a gritar la segunda pela que por mentiroso le daba el padre en ese día.
En la boca de Chito cabían todas las mentiras y, no por eso dejaba de ser simpático el chico aquél.
Consus ojos negros y vivaces, su cara ancha color de pan tostado y su gorra, siempre rota y nunca bien puesta, encarnaba al rapaz campesino, ladrón de nidos altos y de camarones en las cuevas del río. Nadie como él para tumbar unos cocos o lazar un becerro.
Hacía un momento que el padre le había ordenado amarrar unos burros. Una, dos, tres veces repitió Pancho la orden y Chito seguía jugando.Entonces, soga en mano, lo llamó.
—¿Todavía no te ha dío?
—Sí señor, pero toy aquí porque Teresa me dijo que fuera al río con ella.
—¿E verdá eso?
No era cierto y Chito se ganó la zurra.
—¿Te dolió? –dijo Teresa a su hermano cuando estuvieron solos.
—Chip… va a dolé.
—¿Si eh?, ¿y esa lágrima?
—¿Eso?... de risa, –contestó frescamente el muchacho limpiándose los ojos con el dorso de la mano.Luego, se subió los calzones, que ya le quedaban por las corvas. Con el ripio que le servía de cinturón se los amarró en la mitad de la barriga desnuda que, de puro sucia, parecía berrenda. Cogió un lazo, y, después de enseñarle la lengua a su hermana en una mueca rápida, salió.
Iba tan contento como el carpintero que entre un chillido y otro fabricaba su nido en lo alto de una palma. Lo vio Chitoy le tiró una piedra. El pájaro, con un chillido más sonoro que antes, casi burlón, abrió las alas y se perdió entre el verde de las ramazones.
Cantando así siguió el camino Chito:
“Yo soy americano
que ando poraquí
buscando quien me afeite
del bozo la narí”.
El pájaro chillaba de nuevo en otra palma. Muchacho y carpintero eran iguales.
En el bohío, Teresa se le acercó al padre:
—¿Me voy abañá, viejo?
—Ve, pero, no te dilate, y llévate un calabazo pa que traiga agua.
Se fue la muchacha, y Pancho se quedó fumando su cachimbo, rumiando indeseables pensamientos.
Estaba preocupado. En esos días, una patrulla del ejército yanqui que invadía el país había caído sobre su rancho con la maldad del guaraguao sobre el nidal de la gallina recentina. Lo acusaron de ayudar a los gavilleros,como llamaban los blancos a los dominicanos que por deber habían renunciado a la sombra del bohío y prefirieron el sol sin piedad de las sabanas; y el agua fresca de las tinajas hogareñas por la que en baches y huellas de animales les daba la manigua, teatro de heroísmo patriótico unas veces, y otras tantas de salvaje defensa del pellejo.

Pancho negó la acusación y eso no bastó: una multasubida o contribución fue el castigo que le impusieron para cuando volvieran.
La multa, la multa… Ese era el comienzo del pretexto que empleaba el blanco para manchar de rojo y negro los caminos claros de esos campos de sol. Tal vez eran los 15 años de la muchacha, que florecían en gracia y tentación… O el pardo de silla y carga que llevaba su estampa.
Así pensaba cuando un grupo de uniformadosmanchó de amarillo el patio verde del bohío. El corazón comenzó a galoparle dentro del pecho. Le pidieron el dinero, y él habló largo y claro para que le concedieran una prórroga.
El jefe le dejó hablar y, luego dijo:
—Oh, ¿you no tener the money? Well –y se le fue acercando, poco a poco, sin calor en la sangre, con los ojos entrecerrados de perversidad.
Pecho a pecho, la cara roja del blanco junto ala oscura del criollo, se medían… se medían.
Pancho esponjó los brazos y el yanqui, de un empellón brutal lo arrinconó junto a una tinaja. El caído se puso de pie. La animalidad ancestral surgía detrás del hombre. No le arredraba la pelea ni su resultado, pero ahí venía del río, con los cabellos chorreando agua, y el cuerpo limpio y húmedo adivinándose a través del traje, la hija por quien...
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