Cholito en los andes magicos

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CHOLITO DE LOS ANDES MÁGICOS |

Oscar Colchado Lucio (Perú, 1947) Nació en Huallanca, Ancash. Es poeta, cuentista y novelista. Reside en Lima desde 1983. Entre sus obras narrativas más importantes figuran: Del mar a la ciudad (1981), Cordillera Negra (1985), Camino de zorro (1987), Hacia el Janaq Pacha (1989) y La casa del cerro El Pino (2003).En relación con la novela juvenil, el autor haescrito cinco obras basadas en un mismo personaje “Cholito”, quien se caracteriza por ser un niño que ama profundamente a su pueblo, sus costumbres, y tradiciones, y por buscar siempre la justicia social.En Santillana ha publicado Cholito Tras las huellas de Lucero (1980), Cholito en los Andes mágicos (1986), Cholito en la ciudad del río hablador (1995), ¡Viva Luis Pardo! (1996), Cholito y losdioses de Chavín (1998) y Cholito en la maravillosa Amazonía (1999). IENCUENTRO CON EL ICHIC OLLCOEncontré al ichic ollco, ese enanito que dicen que es hijo del supay, el diablo, leyendo sentadito sobre la rueda del molino de don Andrés un librito llamado Blanca Nieves y los Siete enanitos, con bonitos dibujos en la pasta que llamaron mi atención.Tan distraído estaría, digo yo, que ni la sombra de micuerpo asomándose por la puerta, le hicieron reparar.
Bonito nomás, para no espantarlo, queriendo saber si había más dibujos adentro, me acerqué.
Y como ni levantó la cabeza siquiera, con cuidado nomás a su ladito logré sentarme.
—Y... amigo —le dije—, ¿qué te cuentas?Ahorita desaparece botando azufre como su padre o dejando su excremento humeante, como dicen que deja, pensé.Pero nada.Como siestuviera ausente del mundo, siguió leyendo, sin tomarme en cuenta.
Yo asomé los ojos al libro todo curioso.Para mi sorpresa, no había dibujos; sólo unas letras pequeñitas, raras, en qué idioma nomás será pues...—¿Tú eres el ichic ollco o duende que dicen? —le hablé al rato, aburrido ya, después de haberme estado gustando de su pelito colorado, como la candela, y de sus orejas grandes, mediopuntiagudas.
Y, como en el comienzo, siguió leyendo, sin hacerme caso; a veces sonriendo, otras veces medio serio o asombrado.
—¿Tanto te gusta leer, oy? —me acuerdo que le dije, malhumorado, levantándome, pensando que no me contestaría.
—Sí, pues, me gusta leyer, y qué... —habló por fin, medio ofendido.El molino estaba parado, a pesar que el chorro de agua que lo hacía girar seguía bajando por elcascarón de eucalipto sin que lo hubieran desviado."Leyer", sí, había dicho leyer, y eso me acuerdo que en la escuela la señorita Amelia, mi profesora, nos había dicho que estaba mal hablado.Creyendo hacerle un bien, le dije entonces:—No se dice leyer, oy, sino leer.Me miró nomás medio de costado, con mala cara. Chaposas eran sus mejillas, rosaditas. "De lo que se quema en el infierno seguro",pensé.Como el agua se estaba desparramando debido a que el ichic lo tenía bien pisado el eje, según me di cuenta recién, me fui a desviarlo.¡A pucha! duro estaba ese fierro que hacía desviar el agua. Tanto batallé hasta que por fin...
De don Andrés, el dueño, no había ni noticias.Cuando volví de nuevo donde el ichic, éste ni cuenta se daba que ya no entraba agua al molino. Bien puesto su pie sobre eleje, seguía lee y lee.— A pucha, oy — le dije, yo que soy un aburrido para leer —, ¿qué pues no te cansas hasta ahora?
Sin alzar la vista me respondió:—¡Tu qué sabes lo que estoy leendo...!Reí no nomás en mis adentros, acordándome nuevamente de las advertencias de la señorita Amelia.
—Oy, ichic — le dije—, no te enseñan en el infier..., digo en la escuela, que no se dice leendo sino leyendo?—¡Total! — abrió los brazos soltando el libro; recién me fijé en sus ojos: eran azulitos—, primero me dices que no se dice leyer sino leer y cuando digo leendo me sales que se dice leyendo... Tú me estás fregando.Así diciendo se metió bajo la rueda del molino y desapareció.Ese mismo ratito llamaron de afuera y yo salí a ver.Era doña Agustina, su mamá de Antenor, qué buscaba a don Andrés.Diciéndole...
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