Cibersade 6 piezas narrativas

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Cibersade seis piezas narrativas

ALBERTO GARRANDÉS

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Edición: Ana María Muñoz Bachs Dirección artística: Alfredo Montoto Sánchez Diseño de cubierta: Flavia Sopo Arzuaga Ilustración de cubierta: fotografía tomada de The Customized Body, textos de Ted Polhemus, fotos y entrevistas de Housk Randall. London, 1996. Composición computarizada: Ana María Yanes Suárez © Alberto Garrandés, 2002 ©Sobre la presente edición: Editorial Letras Cubanas, 2002 ISBN 959-10-0700-0 Instituto Cubano del Libro Editorial Letras Cubanas Palacio del Segundo Cabo O’Reilly 4, esquina a Tacón La Habana, Cuba E-mail: elc@icl.cult.cu

Desire is raw, and silly, and awkward and incomprehensible. Sex and the City

CIBERSADE
un síndrome vertiginoso en estudio
El emperador Napoleón decretó en 1803 lareclusión del Marqués de Sade en el asilo-manicomio de Charenton. Sade murió once años después.

He creído conveniente que nos situemos aquí, en este ángulo, de modo que la escena no escape, por así decir. Que el escenario no se diluya en la muerte de la imaginación, como antes. Pues lo que vamos a ver —imaginen— no admite observadores morosos. Yo quiero que ustedes sepan cuánto ha costado traerlasaquí, a ellas, viles esclavas, para después seleccionar tan sólo a una. La que, perdiéndose en muselinas y hechuras de fleece, subirá una dulcísima ninfeta al tabloncillo bajo mis órdenes. Me han transportado en andas, dentro de un caldero de lata que los jefes de la Misión Alimenticia, ¿verdad, Pim?, dejaron en el borde de la calle por inservible. Me trajeron ellos, los Exploradores, porque yaestán convencidos de quién soy en verdad. Poseo un turbio rostro de fiera. Sin embargo, mi nombre no importa ahora. Vamos a ver qué ocurre allí, arriba. Miren. Salta, salta, cangurita, la noche es una diadema de brillos negros y no necesitas más, no necesitas sino saltar. No puedo acompañarte porque no tengo pier7

Tengo mil doscientos sesenta años...

nas. Hace tiempo me las cortaron, seveían muy mal —deficientemente hechas— y alguien dijo córtenselas, rebánenle esas porquerías hidrópicas, y lo hicieron sin preámbulos de ninguna especie, antes de que el bobo generosísimo de la colonia —un hombrecito leporino y casi sagaz, experto en canjear patatas dulces por huevos de gallina, mantequilla y pescado seco— me dijera: sssh, no haga ruido, hay un número, el 112, y voy a discarlo, señorMarqués. Bueno, es preciso declarar que me hicieron un favor. Ya no dependo de mi esfuerzo personal. Me buscan, me traen y ya. Ellos cuidan mucho de mí, o sea, de mi cabeza. Se comenta que poseo una mente tan monstruosa que es necesario preservarla, admirativamente, a cualquier precio. Mi testa es blanca, sin arrugas, pero muy blanca y sin pelos, y muestra coágulos venosos, perfectamente azules yvisibles. Qué quieren ustedes. ¡Ah, pero ya empieza, mírenla! No se pierdan ese reconcentrado fervor. Y ahora, mi primer secreto: yo mismo la he rasurado. Y con mi propia navaja, una toledana inmejorable que me sirvió de mucho. Gracias a ella, preso aún en la Bastilla, entre ratas de agua y mancebos impíos, brujas y petimetres seminales, siguieron llamándome: Señor Marqués, Señor Marqués...Alguien, no recuerdo si un hombre o una mujer, me pidió ejercer una fineza. Algo muy suyo, dijo esa persona. Yo acababa de rasurar a la elegida, y la escuadra que nos había escoltado hasta llevarnos ante Él ya estaba dispersándose. Esa persona y yo estábamos solos y era obvio que me admiraba. Después me lo dijo: no sabe el Señor Marqués cuánto estimo su... su... Y se quedó trabado en un cochino balbuceode aprendiz. Por fortuna se destrabó y me pidió la fineza. Me la pidió góticamente, 8

ocultando sin la menor gracia detalles de una absoluta depravación. Yo asentía de antemano, no necesitaba de sus explicaciones. Busque mi brocha de afeitar, un frasco con miel y mi bolsa de pimienta molida, le ordené. Los ojos de él o de ella, no me acuerdo, se agrandaron. Sonreía. Qué aburrimiento. Fue...
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