Ciencias sociales

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FRANTZ FANON

LOS CONDENADOS DE LA TIERRA

PREFACIO DE

JEAN-PAUL SARTRE

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Prim er a edición libe ra da : Junio de 2006 Segu nda e di ci ón l iberada : Enero de 2007 Primera edición en francés, 1961 Primera edición en español, 1963

Fuente : http://www.elortiba.org/ Tí tulo original: Les damnés de la terre Traducción de Julieta Campos

La reproducción total o parcial de estelibro en forma idéntica, modificada, o parecida – esto es, plagio – escrito a máquina por el sistema “multigraph”, mimeógrafo, impreso y demás yerbas, no autorizadas por los editores, viola derechos naturales del orden burgués… No obstante, se reconoce que estos derechos irreales son los que obstaculizan la libre circulación de información y se actúa en función de transformar esta realidad: entoncesla reproducción total o parcial de este libro y todo el conjunto de técnicas colectivas que se han aplicado en su producción no está prohibida sino alentada y apoyada sobretodo cuando aporte a la revolución social por una sociedad mejor sin explotados ni oprimidos.

Kolectivo E dito rial “Ulti mo Recu rso ” Rosario – Santa Fe – Argentina Hecho en el depósito…

Impreso en Rosario, Argentina. 4

PREFACIO

No hace mucho tiempo, la tierra estaba poblada por dos mil millones de habitantes, es decir, quinientos millones de hombres y mil quinientos millones de indígenas. Los primeros disponían del Verbo, los otros lo tomaban prestado. Entre aquéllos y éstos, reyezuelos vendidos, señores feudales, una falsa burguesía forjada de una sola pieza servían de intermediarios. En lascolonias, la verdad aparecía desnuda; las "metrópolis" la preferían vestida; era necesario que los indígenas las amaran. Como a madres, en cierto sentido. La élite europea se dedicó a fabricar una élite indígena; se seleccionaron adolescentes, se les marcó en la frente, con hierro candente, los principios de la cultura occidental, se les introdujeron en la boca mordazas sonoras, grandes palabras pastosasque se adherían a los dientes; tras una breve estancia en la metrópoli se les regresaba a su país, falsificados. Esas mentiras vivientes no tenían ya nada que decir a sus hermanos; eran un eco; desde París, Londres, Ámsterdam nosotros lanzábamos palabras: "¡Partenón! ¡Fraternidad!" y en alguna parte, en África, en Asia, otros labios se abrían: "¡...tenón! ¡...nidad!" Era la Edad de Oro. Aquello seacabó: las bocas se abrieron solas; las voces, amarillas y negras, seguían hablando de nuestro humanismo, pero fue para reprocharnos nuestra inhumanidad. Nosotros escuchábamos sin disgusto esas corteses expresiones de amargura. Primero con orgullosa admiración: ¿cómo?, ¿hablan solos? ¡Ved lo que hemos hecho de ellos! No dudábamos de que aceptasen nuestro ideal, puesto que nos acusaban de noserles fieles; Europa creyó en su misión: había helenizado a los asiáticos, había creado esa especie nueva. Los negros grecolatinos. Y añadíamos, entre nosotros, con sentido práctico: hay que dejarlos gritar, eso los calma: perro que ladra no muerde. 5

Vino otra generación que desplazó el problema. Sus escritores, sus poetas, con una increíble paciencia, trataron de explicarnos que nuestros valoresno se ajustaban a la verdad de su vida, que no podían ni rechazarlos del todo ni asimilarlos. Eso quería decir, más o menos: ustedes nos han convertido en monstruos, su humanismo pretende que somos universales y sus prácticas racistas nos particularizan. Nosotros los escuchamos, muy tranquilos: a los administradores coloniales no se les paga para que lean a Hegel, por eso lo leen poco, pero nonecesitan de ese filósofo para saber que las conciencias infelices se enredan en sus gemidos. De pues, su infelicidad, no surgirá sino el viento. Si hubiera, nos decían los expertos, la sombra de una reivindicación en sus gemidos, sería la de la integración. No se trataba de otorgársela, por supuesto: se habría arruinado el sistema que descansa, como ustedes saben, en la sobreexplotación. Pero...
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