Cioran historia y utopía

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HISTORIA Y UTOPIA
(Histoire et utopie - 1960)

E. M. CIORAN

A propósito de dos clases de sociedad Carta a un amigo lejano Desde ese país que fue el nuestro, y que ya no es de nadie, usted me pide, después de tantos años de silencio, que le dé detalles sobre mis ocupaciones y sobre ese mundo «maravilloso» que, según usted, tengo la suerte de habitar y recorrer. Podría responderle que soy unhombre desocupado, y que este mundo no es maravilloso. Pero una respuesta tan lacónica, a pesar de su exactitud, no sabría calmar su curiosidad ni satisfacer las múltiples preguntas que me hace. Hay una que, por ser casi un reproche, me impresionó especialmente. Usted querría saber si tengo la intención de volver a escribir en nuestra lengua, o si pienso permanecer fiel a esta otra en la que ustedme supone con bastante gratuidad una facilidad que no tengo, que nunca tendré. Sería embarcarme en el relato de una pesadilla referirle la historia de mis relaciones con este idioma prestado, con todas sus palabras pensadas y repensadas, afinadas, sutiles hasta la inexistencia, volcadas hacia la exacción del matiz, inexpresivas a fuerza de haber expresado tanto, de terrible precisión, cargadas defatiga y de pudor, discretas hasta en la vulgaridad. ¿Cómo quiere que un escita las acepte, aprenda su significado neto y las manipule con escrúpulo y probidad? No hay una sola cuya elegancia extenuada no me dé vértigo: ninguna huella de tierra, de sangre, de alma hay en ellas. Una sintaxis de una rigidez, de una dignidad cadavérica las estruja y les asigna un lugar de donde ni el mismo Diospodría desplazarlas. Cuánto café, cuántos cigarros y diccionarios para escribir una frase más o menos correcta en una lengua inabordable, demasiado noble, demasiado distinguida para mi gusto. Y sólo me di cuenta de ello cuando, desgraciadamente, ya era demasiado tarde para apartarme; de otra forma nunca hubiera abandonado la nuestra, de la que a veces extraño el olor a frescura y podredumbre, mezcla desol y de bosta, la fealdad nostálgica, el soberbio desharrapo. Ya no puedo retornar a ella; la lengua que tuve que adoptar me retiene y me subyuga a causa de esos mismos trabajos que me costó. ¿Soy, como usted lo insinúa, un «renegado»? «La patria no es más que un campamento en el desierto», reza un texto tibetano. Yo no voy tan lejos: daría todos los paisajes del mundo por el de mi infancia. Yaún me falta agregar que, si hago de él un paraíso, las prestidigitaciones o las deficiencias de mi memoria son las únicas responsables. A todos nos persiguen nuestros orígenes; el sentimiento que me inspiran los míos se traduce necesariamente en términos negativos, en el lenguaje de la autopunición, de la humillación asumida y proclamada, del consentimiento al desastre. ¿Es digno de psiquiatra unpatriotismo así? Quizá sí, pero no puedo concebir otro, y viendo nuestros destinos, me parece -¿por qué negarlo?- el único razonable. Más dichoso que yo, usted se ha resignado a nuestro polvo natal; además, tiene usted la facultad de soportar todos los regímenes, incluso los más rígidos. Y no es que usted no tenga la nostalgia de la fantasía y del desorden, pero no conozco espíritu más refractarioque el suyo a las supersticiones de la «democracia». Hubo una época, es cierto, en la que yo también las detestaba, incluso más que usted: era joven y no podía advertir otras

verdades fuera de las mías, ni concederle al adversario el derecho de tener las suyas, de envanecerse de ellas o de imponerlas. Que los partidos pudiesen enfrentarse sin aniquilarse era algo que sobrepasaba misposibilidades de comprensión. Vergüenza de la Especie, símbolo de una humanidad exhausta, sin pasiones ni convicciones, incapaz de absoluto, privada de futuro, limitada en todos los sentidos, incapaz de elevarse hacia esa alta sabiduría que me enseñaba que el objeto de una discusión era pulverizar al contrincante: es así como veía yo el régimen parlamentario. Por el contrario, los sistemas que querían...
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