Clío tiene un problema

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Clío tiene un problema | Simon Schama

El escenario: un salón de clases en Harvard. La ocasión: el examen oral de un estudiante de historia en riesgo de rajarse en el examen final. La pregunta: “¿Podría por favor comparar la experiencia de los italianos en la Primera Guerra Mundial con su experiencia en la Segunda?”. El estudiante es presa del pánico; aparecen gotas de sudor sobre su frente.Su respuesta nerviosa: “¿Quiere decir que hubo dos?”. ¿Qué ha fallado en la educación histórica? Consideremos el panorama. Hoy existen más historiadores profesionales —aquellos que se ganan el pan de cada día haciendo eso exclusivamente— que los que han existido desde que Heródoto comenzó su crónica. Los programas de postgrado de las grandes universidades producen legiones de PhD, que a su turnoproducen más PhD que proliferan en un sinnúmero de conferencias y en cada vez más instituciones. Los recintos antes espaciosos de la casa de la historia se han ido subdividiendo en compartimentos especializados crecientemente más pequeños. Cada vez sabemos más sobre menos cosas. Artículos como “Las relaciones laborales en la industria danesa de la margarina de 1870 a 1934” (History WorkshopJournal, 1990) encuentran quién los publique sin dificultad. La situación no es mejor en las escuelas de secundaria, donde los estudiantes se sientan estupefactos frente a libros de texto de historia mundial del tamaño de directorios telefónicos y casi igual de interesantes de leer. Hay millones de dólares amarrados a una industria editorial en la cual la regla sagrada es “No ofenderás”, especialmentea los comités de aprobación elegidos sobre la base de criterios políticos, de cuya aceptación o rechazo depende una publicación. Reacios a tomar demasiados riesgos, muchos de estos libros son hechos por una cadena de producción de diseñadores gráficos, comités editoriales y correctores aburridos, que luego reciben el sello aprobatorio de académicos pagados por taparse las narices y mirar paraotro lado. En estas producciones brillan por su ausencia las grandes narraciones históricas, escritas por una sola mano o a lo sumo dos (como el Nevins y Commager de mi época escolar), capaces de encender la imaginación, de alimentar la voracidad por el drama histórico latente en casi todas las mentes jóvenes.

Relegada en gran parte a una rama menor de la cívica, Clío, la Musa que no se atreve apronunciar su nombre, está aun así bajo amenaza. Por un lado, se le pide que dé un paso adelante y presente las Verdades Eternas de la Tradición Occidental; por otro, se le dice que es una malvada buena para nada, a menos que se convierta al “multiculturalismo”. Luego surgen batallas encendidas alrededor de sutilezas que resultarían de una ridiculez cómica —como la diferencia entre “personasesclavizadas” y “esclavos”— si no fuera porque dejan un desierto de polémicas amargas. Decir “eurocéntrico” o “afrocéntrico” es no entender en absoluto el problema: principalmente, que mientras que en los colegios y universidades la historia adopte la forma de álbum de fragmentos documentales y sugerencias morales, su capacidad de capturar la imaginación está perdida. Una historia multicultural queno hace nada distinto de ofrecer guías taquigráficas fáciles de usar sobre la civilización mundial (dos páginas sobre Benín, dos sobre los mughales) tiene tantas probabilidades de aburrir con sus evangelios de santidad ancestral como lo tenían de distorsionar las historias más antiguas que hacían énfasis en el inofensivo dinamismo europeo. Y mientras que la historia en nuestras escuelas puedeestar genuinamente amenazada por una suerte de extinción, los académicos, como la formidable Gertrude Himmelfarb, se inquietan y se enfurecen ante la perspectiva de que las notas de pie de página corran una suerte parecida. (Yo mismo recibí un fuerte regaño de ella en el New York Times Book Review por omitir las notas de pie de página en Ciudadanos, mi libro sobre la Revolución Francesa, escrito...
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