Color miel

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  • Publicado : 8 de noviembre de 2010
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Color miel
Adrián CAMPOS





Las pulgas pululaban en su cobija. Acostado, miraba la costra negra en que se habían convertido los residuos de sangre en su puñal. “Debí limpiarlo mejor”, pensó. Luego, se percató: Eran las tres de la tarde. Se incorporó de un salto. “Rosa”, dijo. “¡Maldición, ya es tarde!”.

Como todos los días, se detuvo ante su trozo de espejo. Lo habría encontrado enalgún basurero de la ciudad y le ató una cuerda para guindarlo de un clavo que amenazaba con caer al suelo. Colgaba de una de las tablas que hacían las veces de pared y por cuyas anchas rendijas se filtraba la luz, delatando las partículas de polvo suspendidas en el aire. Miraba sus ojos, se acercaba, se alejaba, y cavilaba. Luego, se dispuso a comer el desayuno que era, al mismo tiempo, elalmuerzo del día anterior.

Mientras salía, apresurado, tropezó con los gritos de su padre –embriagado, profería insultos contra cualquiera de los ocho hermanos– y con la cabeza de alguno que dormía cerca de un conato de puerta que había en la casa, choza, o rancho… Da lo mismo, al menos allí podía dormir.

Hacía tres meses que la conocía. La vio por primera vez en el colegio nocturno donde habíadecidido estudiar, no sabía si por la insistencia de Joao –un joven que conoció poco antes que a ella– o porque allí la hierba era más fácil de conseguir y a un mejor precio. “Rosa”, pensó otra vez, mientras apresuraba el paso. Sentía por ella algo nunca experimentado. “¿Amor?”, se preguntó. Posiblemente.

Era la única que lo había visto, desde la primera vez, como un joven normal. Sus ojos no lomiraban con sospecha y de soslayo, como desconfiando, ni sus gestos eran de desprecio. La única que había escuchado con atención y sin miedo la historia de su vida. “¿Vida? ¿Es esta una vida?”, se interrogó. Y desaceleró el paso. Y en un instante el tugurio, la ciudad, el mundo entero se tornó gris, como siempre lo había sido para él. Y se percató de los hoyos en sus zapatos, y de las gotas desudor que lograron flanquear la barrera de sus cejas y ahora invadían sus ojos, irritándolos. De la sed, nuevamente de su vida.

“¿De quién es la culpa, Joao? ¿De mi viejo, que tiene guaro en lugar de sangre, que, como todos, no sabe que toy vivo? ¿De mi vieja, por habérsele ocurrido morir antes que yo juera hombre? ¿De la gente, que me confunde con la basura, que sólo me ve como un maliante? ¿Soyyo el culpable de todo? Pero si nadie me enseñó, Joao. Yo crecí solito. Nadie me habló de las flores y su color, del viento, del corazón ¿lo has escuchado, Joao? ¿Has escuchado tu corazón como late tan rapidito?, o del amor, de las cosas buenas, de Dios” Joao no quiso intervenir en este minuto de silencio que ahora los incomodaba. Quería que su amigo continuara. “¿Será la culpa de Dios, Joao?Dicen que todo pasa porque Él deja que pase, que sabe lo que hace. Eso me parece raro, porque Dios es bueno. Yo soy malo y me iré al infierno. No me importa. No me importa morir como tampoco vivir. ¿Pa qué nacemos, Joao? ¿Pa ser felices?... Entonces, yo no he nacido”

La algarabía, acompañada de gritos, risotadas y correrías de unos niños, hizo que el recuerdo de aquellas preguntas a Joao setruncara. Verlos colgarse del último vagón del tren que atravesaba el tugurio provocó que se le escapara una sonrisa, de esas que tan difícil era descubrir en él. Se detuvo a curiosearlos. Los niños se tiraban de los harapos unos de otros para tomar impulso y lograr alcanzar el tren. Algunos quedaban rezagados, los que no, se colgaban del último vagón y a los pocos metros se soltaban y dejaban caer en unmatorral. Ya exhaustos, reían mientras miraban perderse la mole de acero entre las miles de figurillas que simulaban casuchas o ranchos, ocultándose “en el fin del mundo”, recordó. De niño, había creído que el mundo abarcaba solo aquello que alcanzaban a ver sus ojos.

Reanudó la marcha. Asomaron a su memoria los hermosos ojos de Rosa cuando él le contó sobre las necesidades de su familia, la...
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