Compilado de cuentos

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  • Publicado : 6 de marzo de 2012
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Abedules
Por Cristina Feijóo

Con el índice y el pulgar de una mano encimados sobre el índice y el pulgar de la otra, se enmarca los ojos y dibuja en ese cuadrado una cámara de fotos. Con esa cámara, si existiera, retrataría un rincón de mi habitación, su velador mínimo de pantalla plisada contra el zócalo, la lamparita encendida que más que iluminar insinúa el redondel de alfombra verdedonde se amontonan los casetes en desorden, el cenicero, las colillas retorcidas, un vaso de cerveza con espuma en las paredes, el borde de una sábana y a Guzmán, mi gato, que ronda el calor de la luz con un movimiento de calculada pereza.
En la fotografía se leerían las palabras mudas, dice. No hay cómo reproducir este momento, frisar su materialidad. Es preciso conservarlo y saber que es real. Melo dice a mí, incapaz como soy de discernir recuerdos de sueños y hasta de fantasías, porque la realidad, es decir el pasado, que es la realidad de que disponemos, está compuesta en partes desiguales por evocaciones, fantasías, sueños, pesadillas, deseos y hasta relatos de otros cuyas imágenes colonizan el reservorio de la memoria que consideramos propio. Adriana, en cambio, escurre su cabeza comoun trapo de piso hasta conseguir unos recuerdos turbios, teñidos por el esfuerzo de escurrir. Por eso si la cámara click esta lámpara fijaría en el celuloide la imagen plisadita del velador, su luz irradiando un redondel pequeño que deslumbra y otro redondel más tenue y grande que insinúa, en la alfombra gastada que tarde o temprano. Tarde o temprano, Eddy, no habrá alfombra en la memoria, nilámpara, ni círculo, ni cenicero. Nada. Desarma los dedos y baja las manos, apoya la cabeza en el respaldo del sillón y me pide que le vuelva a contar el cuento que estoy por escribir. Es la tercera vez que me lo pide. Yo no tengo al relato listo, recién estoy adobando la trama, sin apuro por tirarlo a la parrilla. La idea o la sombra de una mujer mítica, de un tiempo a esta parte me obsesiona; serápor eso que no puedo sentarme a escribir.
Nos conocimos en una típica fiesta de midsommar, Adriana y yo. Entre los cabezas que frecuento no falta nunca uno que organiza cada año el festejo del día más largo, por el paganismo de chupar sin límites. Ese veintiuno de junio subí las escaleras podridas de la casa de Tula y la uruguaya, en las afueras de Skärholmen, una casa que debió ser burguesamentelinda y que, mientras el techo del porche no se viniera abajo del todo, conservaría un encanto decadente. Entré al mismo tiempo que entraba Adriana, por la puerta del extremo opuesto de la sala, escoltada por un cielo veloz, de nubes encimadas a unos álamos que agitaban sus pelucas al viento. Ella llevaba la cartera enredada a un abrigo sin mangas, tironeaba de la manija de cuero a la vez que sumirada giraba aturdida y ciega. Aunque sus ojos resbalaron sobre mi cara, desapacibles, volvieron varias veces. Yo la había fichado de entrada. Era una argentina nueva en el ambiente y varios lobos acechaban. Hubo un cruce directo de miradas, un hondazo, una piedra, esconder la mano y después flechitas toda la tarde. Igual que yo, se tomaba su tiempo. Eso me gustaba. Era de las que observan sinprisa. No pertenecía a la manada de los que se abalanzan sobre otros como si anduvieran todo el tiempo de subasta. Esos, así como se atragantan de hamburguesas con papas fritas, se atragantan de personas y al instante están en otra cosa. Anduvimos por las habitaciones, cautos, yo bailando con Karen, ella hablando con Escalante; nos espiábamos retazos, un codo, un perfil, unas costillas dobladas, ellargo del brazo, una pierna, una curva, fragmentos. Ella en un rincón, hablando con Tula, yo tomando mate con el japonés, a lo largo de la tarde cambiando de grupos y personas, sin acercarnos uno al otro. Cuando salía el sol o el viento amainaba algunos dejaban la casa y corrían por el parque, se tiraban sobre manteles en el pasto con botellas de vino, sánguches, copas; caminaban por la orilla...
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