Contaduría

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AVENTURERA

I
–Papá tiene otra mujer.
Antes hubo otras palabras, que fueron más una confusión incómoda y malhumorada, hasta que su hermana María Elena respiró profundo y encontró fuerzas para una mirada de reproche condescendiente. Después hubo algún tartamudeo, el tono de sentencia de explicar lo obvio, el llanto quedo y desconcertado que movió a María Elena a la piedad, a algunalágrima, a otras palabras de confusión menos hiriente. Pero mientras tanto fue esa frase corta, incontestable a pesar de cualquier deseo de Aura Marina. Papá tiene otra mujer. Y él mundo era, a partir de esas cuatro palabras que por sí solas, desprendidas, eran cosa de todos los días, otro lugar, extraño y nuevo, aunque lo fuera únicamente para ella.
Aura Marina pasó la noche en vela, reconstruyendolos alrededores de la frase, los eventos que habían conducido a ella, los rasgos ahora insólitos de su protagonista, del único que ella conocía, el señor de ojos graves y pecho tibio que dormía con su madre en el cuarto al otro lado del pasillo. Aura Marina tenía dieciséis años, una ciudad en el exilio y un animal hasta entonces ignorado, herido y muerto de miedo, que le temblaba en algún puntoentre los dos senos y la boca del estómago.

II
Casi dos años antes el padre las había ido a buscar a Pennsylvania Station, en la calle 34 de Nueva York. Era el otoño de 1954. Se habían ido de Caracas en barco a La Habana, y de allí a Nueva Orleáns, donde subieron a aquel tren de ritmo indescifrable, tan distinto a la claridad de las promesas que se habían hecho hacía poco. En La Habana habíanpasado una semana alegre, jugando a que el exilio sería una sola risa. El exilio sería, era aquella tarde de septiembre de 1954 en Nueva York, el reencuentro con el padre después de ocho meses de ausencia. Y sobre aquella ausencia gravitaba el peso de un acecho que ahora quedaba lejos, que no podía ver las sonrisas de los cuatro en el taxi que en ese momento atravesaba la calle 42.
El inviernodesnudó a la ciudad y vistió a Aura Marina, a su madre y a su hermana con abrigos nuevos con los que Aura Marina se soñaba protagonista de alguna película que aún estaba por hacerse. En cambio al padre le pesaba el invierno en la calva, en el gesto, en la soledad que le rodeaba los pasos a pesar de tener a su familia allí. En medio de una nevada de marzo (tanta nieve hacía menos frecuentes lossueños de la hija menor) anunció que le habían ofrecido un puesto en un hospital de Ciudad de México y que allí llegarían todos en agosto de ese año. Entonces Aura Marina entendió que el exilio no sería sólo una vacación prolongada. Cumplió quince años alrededor de cuatro copas de champaña silenciosa. No pidió más porque entendió que no tenía sentido, cuando lo que venía era otra despedida, la segundade quién sabe cuántas más. Una semana después recibió la carta de felicitaciones de Anita Bravo, su amiga de Caracas, con un recorte de la nota de prensa de su fiesta de quinceañera, rebosante de bucles de peluquería y hombros cubiertos por banderas de organza: “Lástima que no pudiste estar aquí”. Aura Marina le respondió a vuelta de correo. “La primavera es muy bonita, sobre todo porque se acabael invierno. Quién sabe cómo será México. Yo creo que debe parecerse más a Caracas”.
Se parecía un poco más. Bastante más. A veces, en un sorbo de jugo de tamarindo, junto a la siesta de las trinitarias del pequeño corredor que bordeaba un lado de la casa, se parecía tanto que el silencio la asustaba cuando descubría en él otro acento, pausado, nasal, que le abría la ventana hacia todo loque era distinto.
Aura Marina, su madre y su hermana María Elena paseaban los domingos por La Alameda, risueñas, haciendo de todo una broma y una fantasía. México era hermoso y bueno. Y lejano. Sobre todo lejano. Pero el padre hacía todo más cercano, más comprensible. El padre –un comentario sobre el periódico, un chiste, un gesto al prepararse el campari con soda de las seis de la tarde–...
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