Convivencia

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Después de combatir en Francia por la causa del derecho, de la justicia y de
la libertad en el mundo, hasta dejar inscrito su nombre en los Anales de la
Revolución, y hoy en las tablas de gloria del Arco de triunfo de Napoleón,
Miranda se acordó de su patria y voló allí a prestar el contingente de su espada y
experiencia a los inexpertos republicanos, sus compatriotas.
Generalísimo de sustropas, fue envuelto en una serie de desgracias, hasta la
capitulación que concluyó con Monteverde, en San Mateo, el 25 de julio de 1812,
y que, como todas las ajustadas por los españoles, fue inicua y cruelmente violada
apenas se entregaron a los patriotas.
Luego de firmar la capitulación, se retiró a La Guaira, donde tenía lista una
corbeta inglesa para embarcarse. Llegó a las siete de lanoche del 30 de julio de
1812 solicitando hospitalidad en la casa del comandante del puerto, coronel
Manuel María Casas, quien con el gobernador político, el tristemente célebre
Miguel Peña, lo entregaron a los españoles por medio del coronel Simón Bolívar,
Montilla y Chatillón, quienes se encargaron de prenderlo. Miranda, sin protestar,
se dejó conducir a la prisión.
Bolívar nunca, ni en losúltimos días de su vida, se arrepintió de haber prendido
al precursor, y, antes bien, se lamentaba de no haberlo fusilado por habérselo impedido
otros, y siempre consideró su acción como un deber patriótico. Argüía que si Miranda
creyó que los españoles observarían el tratado, debió quedarse para hacerlos cumplir su
palabra, y, si no, era un traidor por haber sacrificado su ejército.
De LaGuaira, sin fórmula de juicio, fue enviado Miranda al castillo de
Puerto Cabello, de allí a Puerto Rico, y, por último, a Cádiz, donde como reo de
estado se le enceró en la Carraca. Allí, solitario, y en completo abandono, murió
el 19 de julio de 1816, después de cuatro años de martirio. En su persona el
gobierno español violó con descaro y sevicia la capitulación de San Mateo que él
mismo habíadeclarado en su orden de 30 de enero de 1813 que debía cumplirse
fiel y religiosamente. Nunca se reprochó a Monteverde su crueldad y perfidia, y,
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cuando en las Cortes generales de Cádiz se trató del asunto, y los diputados americanos
defendieron la causa de sus compatriotas oprimidos, sus protestas y reclamos
no conmovieron a nadie.
Fue Miranda el primero que enarboló el tricolorcolombiano en las costas de
América; amigo de Catalina II, no creía en nada, y de Bentham, que sólo creía en
la utilidad apreciada de tejas para abajo, despidió, a la hora de la muerte, al fraile
dominico que le ofrecía los auxilios de la religión, con estas desabridas palabras:
«Déjeme usted morir en paz.»
Librepensador en religión, era también Miranda francés hasta la médula de
los huesos yapasionado hasta tal punto por la Revolución, a la cual había servido
con su espada, que llegó hasta disculpar las matanzas de septiembre en París, y felicitó
a aquellos de sus amigos de América que se llamaban jacobinos, declarando,
además, que habría preferido la devastación de la mitad del mundo al fracaso de
la Revolución francesa.
Como Jefferson, el ilustre secretario de Estado de Washington,y más tarde
dos veces presidentes de los Estados Unidos, y gran liberal, Miranda pensaba que
una revolución es buena siempre y nunca debe escatimarse; que nada significan
unos cuantos millares de vidas humanas perdidos en uno o dos siglos, puesto que
lo que más abunda en el mundo es gente; que la humanidad es una selva muy
frondosa para resentirse con la poda benéfica de sus ramas inútiles omarchitas;
que el árbol de la libertad debe refrescarse de cuando en cuando con sangre de
tiranos y patriotas, que es natural abono.
Y de mil amores hubiera acogido estas palabras de Tomás Carlyle, escritas en
Los Héroes, su obra maestra: «Cueste los sacrificios que cueste, reinados del Terror,
horrores de revoluciones como la francesa, cuanto de cruel y de horrible pueda
imaginarse,...
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