Corri de una estacion a otra

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correr de una estación a otra a la misma velocidad de mis compañeros. Salí tranquila, con la impresión dehaberlo hecho bien. El último fue el examen escrito, que, pese a no estar fácil, creí haber aprobado.Un par de días después se publicaban los resultados. La espera se me hizo eterna. Los alumnosreprobados debían repetirlo en forma oral y ante una comisión. La sola posibilidad de enfrentara una comisión yresponder sus preguntas me hacía tiritar. Mientras rogaba librarme de esa tortura, una compañera me llamó por teléfono y me comunicó mis notas. ¡Los había aprobado todos! ¡Lo había logrado! Ahora formalmente era unaalumna de quinto año de medicina. ¡Había retomado mi carrera, tan importante para mí! Poco a poco estabareanudando mi vida en el mismo punto donde la había dejado.Sentí como si mi existencia fuera una películapuesta en pause y a la que finalmente podía apretar otra vez play.
LA TELETÓN
La Teletón de ese año 2003 estaba programada para el 21 y 22 de noviembre. A medida que se acercabala fecha pensé que me llamarían de la institución para pedirme que los ayudara en la campaña, pero nadie lohizo. Y en verdad me sentí aliviada; la sola posibilidad de aparecer entelevisión me ponía muy nerviosa.El 22 de noviembre, sábado, pasé el día en la casa de Ricardo y cada cierto rato prendía la televisión paraver cómo iba la recaudación de fondos. Alrededor de las ocho y media de la noche, con Ricardo fuimos a unbanco cerca de su casa a hacer nuestro aporte. Allí una pantalla mostraba a algunos participantes de esas«Veinticinco horas de amor». De pronto, con ungesto que demostraba su desazón, Don Francisco anunció unnuevo cómputo: era sólo la mitad de la meta que se había propuesto para el año. ¡Y faltaban menos de treshoras para que se cumpliera el plazo! Desilusionada, al dirigirnos al auto no puse atención a lo que me decíaRicardo. Cómo era posible, si la gente supiera la labor de la Teletón, a cuántos niños esta gran obra cambia lavida, pensaba. Yyo, ahí, sin hacer nada.—Ricardo, quiero ir al Estadio Nacional —le dije, segura de que me diría que era un locura. El Estadio,donde se desarrollaba la etapa final, estaría a esas horas atestado de gente.—Si quieres ir, yo te acompaño —me contestó. Volvimos pensando cómo hacerlo para que fuera efectivo.En casa de Ricardo les comunicamos nuestro plan a la Caro y a Franz, sus hermanos. También estabalaSandra, polola de Franz. Los tres se ofrecieron para ir con nosotros. Oscurecía y empezaba a hacer frío, demodo que lo primero fue pasar por mi casa a ponerme ropa más abrigada.Mis papas tenían visitas. Cuando les conté lo que quería hacer me dijeron que no lo iba a lograr.— ¿Sabes la cantidad de gente que hay en el Estadio Nacional? Es imposible que consigan entrar,además ya sólo faltanalgunas horas para que termine —señaló mi madre.Sí, era cierto, pero yo debía ir. Mi conciencia no quedaría tranquila si por lo menos no lo intentaba.Era mucho lo que le debía a la institución de la Teletón.En el auto de mi mamá partimos la Caro, Franz, la Sandra, Ricardo y yo. En el camino pensé y pensé quéesperaba lograr, pero no encontré la respuesta. Todos estábamos igual de emocionados ynerviosos; sabíamosque iba a ser una odisea abrirnos paso.Nos estacionamos cerca de la entrada y nos bajamos todos. Se nos acercó un carabinero.— ¿Se puede saber para dónde van ustedes? —nos preguntó.—Ella viene a ver si puede ayudar en algo —dijo la Caro, señalándome.El carabinero, muy amable, nos indicó un acceso atochado de gente. Nos dirigimos hacia allá.La entrada, además de estar repleta depersonas, era custodiada por guardias que impedían el paso.—Jamás lo lograremos —dije con pesar.De pronto alguien se me acercó.— ¿Eres tú Daniela García?— ¡Sí, soy yo! —le contesté.Le conté a qué venía, y el señor nos pidió que esperáramos. Volvió con otra persona, alguien que podíacomunicarse con el escenario, dijo. Habló por una especie de walkie-talkie y luego nos ordenó que losiguiéramos.— ¡Hey,...
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