Cronica de la guerra del cerdo

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ADOLFO BIOY CASARES

Diario de la guerra del cerdo

Altaya

Ediciones Altaya, S.A. Redacción y administración: Musitu, 15 - 08023 Barcelona Roberto Altarriba Fernando Castillo DIRECTOR DE PRODUCCIÓN: Manuel Álvarez EDITOR GENERAL: Juan Castillo Marianovich. REALIZACIÓN: Sintagma Creaciones Editoriales, S.L. COORDINACIÓN EDITORIAL: Amaya Parrilla DISEÑO DE CUBIERTA: Neslé Soulé
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I
Lunes, 23 — miércoles, 25 de junio ISIDORO VIDAL conocido en el barrio como don Isidro, desde el último lunes prácticamente no salía de la pieza ni se dejaba ver. Sin duda más de un inquilino y sobre todolas chicas del taller de costura de la sala del frente, de vez en cuando lo sorprendían fuera de su refugio. Las distancias, dentro del populoso caserón, eran considerables y, para llegar al baño, había que atravesar dos patios. Confinado a su cuarto, y al contiguo de su hijo Isidorito, quedó por entonces desvinculado del mundo. El muchacho, alegando sueño atrasado porque trabajaba de celador enla escuela nocturna de la calle Las Heras, solía extraviar el diario que su padre esperaba con ansiedad y persistentemente olvidaba la promesa de llevar el aparato de radio a casa del electricista. Privado de ese vetusto artefacto, Vidal echaba de menos las cotidianas “charlas de fogón” de un tal Farrell, a quien la opinión señalaba como secreto jefe de los Jóvenes Turcos, movimiento que brillócomo una estrella fugaz en nuestra larga noche política. Ante los amigos, que abominaban de Farrell, lo defendía, siquiera con tibieza; deploraba, es verdad, los argumentos del caudillo, más enconados que razonables; condenaba sus calumnias y sus embustes, pero no ocultaba la admiración por sus dotes de orador, por la cálida tonalidad de esa voz tan nuestra y, declarándose objetivo, reconocía en él yen todos los demagogos el mérito de conferir conciencia de la propia dignidad a millones de parias. Responsables de aquel retiro —demasiado prolongado para no ser peligroso— fueron un vago dolor de muelas y la costumbre de llevarse una mano a la boca. Una tarde, cuando volvía del fondo, sorpresivamente oyó la pregunta: —¿Qué le pasa? Apartó la mano y miró perplejo a su vecino Bogliolo. En efecto,éste lo había saludado. Vidal contestó solícitamente: —Nada, señor. —¿Cómo nada? —protestó Bogliolo que, bien observado, tenía algo extraño en la expresión—. ¿Por qué se lleva la mano a la boca? —Una muela. Me duele. No es nada —respondió sonriendo. Vidal era más bien pequeño, delgado, con pelo que empezaba a ralear y una mirada triste, que se volvía dulce cuando sonreía. El matón sacó del...
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