Cuando me gustaba el futbol

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  • Publicado : 16 de septiembre de 2010
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Cuando me gustaba el fútbol

Yo bajaba con Oswaldo por la avenida América, rodando la pelota con pases largos de vereda a vereda, cuando mamá salió a la ventana de la casa y me llamó a gritos. Me paré en seco mirando cómo la pelota se iba solita, sin nadie que la detuviera, que la acariciara, como lo hacía yo con mis zapatos de caucho ennegrecidos y rotos. Oswaldo, estupefacto por un momento,corrió luego tras ella y yo regresé adonde mamá, limpiándome las manos en el pantalón.

Mi vieja, enfadada y marchita, llena de grandes surcos sus mejillas, me habló de la misma manera en que hablan todas las madres pobres, me recriminó mi suciedad, mi vagancia y ese juego maldito que destruía mis zapatos y dejaba mi ropa «hecho sendales».

Luego, llevándome al comedor, me dijo: «Desclava esecuadro de la pared y límpialo porque debes ir a empeñarlo».

Me dediqué por entero a esta labor y Oswaldo me ayudaba, tratando de sacarle el mejor brillo con el trapo que utilizaba mamá para limpiar los cubiertos (que casi siempre estaban limpios). Era un cuadro plateado de la Última Cena tallado a mano. Despreciaba ese cuadro, siempre lo había mirado desde mi silla con esa muerta benevolenciaque no servía para nada, con el tipo de barbas largas sentado en la mitad de una mesa enorme y los doce más mirando nuestro almuerzo de caras macilentas y sopa de fideo. Oswaldo me dijo: «Hay que jalarle las barbas a este» y yo me reí buscando en su actitud esa sombra protectora de la amistad, pero luego me puse triste y con ganas de decir puta madre, porque me daba pena ver cómo poco a poco nosíbamos quedando sin nada, primero la radio, luego la vajilla que le regalaron a Micaela cuando se casó, el despertador de Julia, el abrigo que Manolo heredó de papá, el prendedor que le regaló el tío Alonso a mamá cuando regresó de España, los libros de Medicina de cuando el ñaño estudiaba y así todo, y también estaba eso de que podía verme Gabriela en el momento de entrar a la casa de empeño de donCarlos, como ya me había visto otras veces. Por eso y por mucho más estaba triste. Pero Oswaldo me dijo que me acompañaría y además recordé que el cuadro no me gustaba y que ahora podría comer en paz, mirando las paredes vacías y las telas de araña que siempre me produjeron una extraña fascinación.

Guardamos la pelota en la red que Micaela tejió cuando estaba en cinta y bajamos a lo de donCarlos.

Quedaba en el primer piso de la casa de Gabriela, había que atravesar un zaguán largo y embaldosado. Yo procuraba no topar las baldosas negras y caminaba en puntillas. Siempre que no tocaba las baldosas negras don Carlos me recibía afectuosamente y decía: «Veamos, veamos, qué me traes ahora, condenado». Al final había dos puertas cerradas y despintadas, con mucha mugre y manoseo, con eltimbre a un lado (todas las veces que tocaba ese timbre me daban ganas de orinar), se abría sigilosamente una puerta corrediza pequeña y unos ojos chiquitos sin luz, escudriñaban a los lados de mi rostro, sin fijarse en mí, hasta que finalmente me miraba y decía con voz gangosa: «Veamos, veamos, qué me traes ahora, condenado».

Estiré el paquete y don Carlos preguntó: «¿Qué es esto?», a la vez queabría el envoltorio con sus manos amarillas y temblorosas. Me desentendí del asunto y me puse a mirar tras él todo lo que mis ojos podían ver: medallones empolvados, chalinas de diferentes colores, radios, libros, máquinas de coser y de escribir, dos o tres biblias de enorme tamaño, un cofre de hueso, cobijas, un estuche de cuero, una espada, un título de abogado con marco de madera tallado, ternosde hombre, abrigos, todo ordenado y pegado con un papelito blanco. Pero el cuarto lleno de humo no me dejaba ver más allá, donde una bruma espesa se extendía como borrándolo, como debe ser la entrada al infierno, donde los vapores de azufre te asfixian, o bueno eso es lo que creo yo. Era costumbre de don Carlos tener siempre su pipa encendida cuando hacía negocios, por ratos me resultaba...
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