Cuarenta

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Cuarenta
Efraín Gutiérrez De la Isla

Aunque no quieras tú,
ni quiera yo, lo quiso Dios…
Agustín Lara.

Antes de todo esto, nunca le quiso ver la cara.
Se arrancó los ojos. Sobre la alfombra parecían un par de aceitunas abandonadas. Al poco tiempo un copioso brillo verde había penetrado las sábanas, los almohadones, los trapos sucios que colgaban del cortinero.
Era inmunda. Él lo sabía.La habitación entera también.
Las noches, frías como lápidas, le entumecían los pies que mantenía inmóviles, por momentos -de pronto prolongados- sobre el espacio inferior de la cama.
-He sido desdichado tantos años -se decía, entre tanto respiraba con dificultad un aire saturado de tabaco que asfixiaba el pequeño cuarto. Era una habitación reducida, quejumbrosa, muy propia de apartamentos deinterés social. Allí el techo, exageradamente bajo, se podía tocar con los dedos estirando un poco los brazos.
Para dormir se bebía dos o tres vasos llenos de almendrado. Ésta era una práctica diaria. Cuando se sentía “académico de la lengua” se tragaba -de golpe- tres grageas moradas de motival. Allá a las quinientas, ocasionalmente -en sus breves tiempos de lucidez- una tasa de tila calienteendulzada con miel lo encaminaba a la cama.
Allí, ya cerca de su esposa, se replanteaba su disposición de ser feliz, de hacerla feliz. Pensando esto le canturreaba al oído unos versillos viejos de Agustín Lara donde se mezclaban la lujuria y las otras cosas del amor bueno. Conversaban amigablemente. La tocaba de los hombros. Sus dedos extendidos a todo lo ancho de la mano pasaban por su espaldaentera.
Alrededor de la una o dos de la madrugada se quedaba profundamente dormido.
Deseaba los senos de su esposa.
Las manos (sobre la tela tirante y almidonada de la almohada que lucía dos corazones rojos y el letrero multicolor Te quiero mucho bordados en punto de cruz) se ahuecaban. Sin freno, los dedos amasaban la magnífica harina de los pechos trigueños. Rebosantes los senos, desesperadaslas manos, se confundían -frenéticos- en una lucha encarnizada de orgía sin término. Jadeaban. Los cristales concupiscentes del tragaluz tenían la forma suprema de una vagina imperial apenas abarcable con los brazos abiertos. Un sudor de horas humedecía las sábanas. El olor del semen se diluía en los poros de los muros y con la fuerza de la brea sellaba las puertas. En un instante el techo sepintaba de blanco y luego, cierta neblina pertinaz ocultaba los muebles.
Su rostro hervía de odio.
Se dio cuenta que ya no tenía voz, que le faltaban palabras para maldecir todos los llantos de toda su vida.
-¡Oh, vida! ¿Cuál es la palabra más repugnante para aventártela a la cara?
De las cuencas de los ojos le escurría un abundante líquido caliente, parecía aceite quemado; al principio tenía unligero sabor a sal, a barcos, a mar; después le parecía desagradable y hacía gestos de bestia cada vez que esa agua infernal se le metía a la boca.
Tropezando con todo logró llegar al ropero. De las tinieblas sacó un cajón. Allí acarició con las manos temblorosas, ciegas, sus cuatro puñales.
-Muy útiles -se decía- para espantar “igualmente” al insomnio.
-Y que usaré esta madrugada, como tantocada madrugada, de las otras, lo he deseado -se seguía diciendo.
Cuando el reloj de la Parroquia de Nuestra Santísima Señora de los Milagros dio las tres de la mañana, un hermético silencio le apretó el cuello. Desfallecido se limpió ruidosamente la nariz. No podía respirar.
En los últimos quince años, matar a su mujer se había convertido en una fijación tal que le incendiaba las venas y leatiborraba de desgarramientos el vientre. Gruesas gotas de sudor cristalino, muy redondas, aparecían en la palma de sus manos. Su intención más intensa era matarla. ¡Matarla! ¡Sí! ¡Matarla!
Una brasa tenía en la boca que escupía y volvía a escupir y siempre la brasa calcinando los dientes y la lengua y las encías y la carne y la sangre y los labios y la vida.
Hasta ahora comprendía el...
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