Cuento agua

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Agua

A los comuneros y “lacayos” de la hacienda Viseca
con quienes temblé de frío en los regadíos nocturnos y bailé en carnavales,
borracho de alegría al compás de la tinya y de la flauta.
A los comuneros de los cuatro ayllus de Puquio:
K’ayau, Pichk’achuri, Chaupi y K’ollana.
A los comuneros de San Juan, Ak’ola, Utek’, Andamarca,
Sondando, Aucará, Chaviña y Larcay.

Cuando yo yPantaleoncha llegamos a la plaza, los corre-dores estaban todavía desiertos, todas las puertas cerradas, lasesquinas de Don Eustaquio y Don Ramón sin gente. El pueblosilencioso, rodeado de cerros inmensos, en esa hora ría de lamañana, parecía triste.
—San Juan se está muriendo —dijo el cornetero—. La plazaes corazón para el pueblo. Mira nomás nuestra plaza, es peor quepuna.—Pero tu corneta va a llamargente.
—¡Mentira! Eso no es gente; en Lucanas sí hay gente, más
que hormigas.
Nos dirigimos como todos los domingos al corredor de la cárcel.
El Varayok’ había puesto ya la mesa para el repartidor delagua. Esa mesa amarilla era todo lo que existía en la plaza aban-donada en medio del corredor, solita, daba la idea de que lossaqueadores de San Juan la habían dejado allí por inservible ypesada.
Los pilares que sostenían el techo de las casas estaban unos apuntalados con troncos, otros torcidos y próximos a caerse; sólo los pilares de piedra blanca permanecían rectos y enteros.Los poyos de los corredores, desmoronados por todas partes,derrumbados por techo, con el blanqueo casi completamenteborrado, daban pena.
—Agua, niño Ernesto. No hay pues agua. San Juan se vaa morir porque DonBraulio hace dar agua a unos y a otros losodia.Pero Don Braulio, dice, ha hecho común el agua quitándole
a Don Sergio, a Doña Elisa, a Don Pedro.
—Mentira, niño, ahora todo el mes es de Don Braulio, losrepartidores son asustadizos, le tiemblan a Don Braulio. DonBraulio es como el zorro y como perro.
Llegamos a la puerta de la cárcel y nos sentamos en un,extremo del corredor.
El sol débil dela mañana reverberaba en la calamina delcaserío de Ventanilla, mina de plata abandonada hacía muchosaños. En medio del cerro, en la cabecera de una larga lengua depedregal blanco, el caserío de Ventanilla mostraba su puertanegra, hueca, abierta para siempre. Gran mina antes, ahoraservía de casa de cita a los cholos enamorados. En los días calu-rosos, las vacas entraban a las habitaciones y dormíanbajo susombra. Por la noche, roncaban allí los chanchos cerriles.
Pantacha miró un rato el pedregal blanco de Ventanilla.
—Antes, cuando había minas, sanjuanes eran ricos. Ahora chacras no alcanzan para la gente.
—Chacra hay, Pantacha, agua alta. Pero mejor haz llorar a tu corneta para que venga gente.
El cholo se llevó el cuerno a la boca y empezó a tocar una tonada de la hierra.
En elsilencio la voz de la corneta sonó uerte y alegre, seesparció por encima del pueblecito y lo animó. A medida quePantacha tocaba, San Juan me parecía cada vez más un verda-dero pueblo: esperaba que de un momento a otro aparecieran
mak’tillos, pasñas1 y comuneros por las cuatro esquinas de la plaza.
Alegremente el sol llegó al tejado de las casitas del pueblo. Las copas altas de los sauces y de loseucaliptos se animaron; el blanqueo de la torre y de la achada de la iglesia, refejaron hacia la plaza una luz ffuerte y hermosa.
El cielo azul hasta enternecer, las pocas nubes blancas quereposaban casi pegadas al filo de los cerros; los bosques grisesde k’erus y k’antus que se tendían sobre los falderos, el silencio de todas partes, la cara triste de Pantaleoncha, produjeron en mi ánimo una deesas penas dulces que frecuentemente se sienten bajo el cielo de la sierra.
—Otra tonada, Pantacha; para su San Juan.
—Pobre llak’ta (pueblo).
Como todos los domingos, al oír la tocada del cholo, la gente empezó a llegar a la plaza. Primero vinieron los escoleros (esco-lares): Vitucha, José, Bernaco, Froilán, Ramoncha… Entraban por las esquinas, algunos por la puerta del coso. Al vernos en...
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