Cuento andino. warma atuq

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Warma atuq

Cuenta la historia que en Lucma, una comunidad de la sierra norte peruana en el departamento de La Libertad, descubierta por los conquistadores españoles a finales del siglo XVI y que debe su nombre a la gran cantidad de árboles de lúcuma que crecían en su territorio, vivía, hace muchísimos años, un indio de brillante linaje pero corazón de reo, de blusa dorada pero espírituharaposo, de padres nobles pero actitud plebeya. Antakiru (1), llamado así por la extraña y gran brillantez de uno de sus dientes superiores, era el más joven y atrevido de la prole al mando de la comunidad y resultaba una total contradicción respecto de su procedencia y condición.

Sus costumbres, irreverentes y de irrespeto a las normas, eran totalmente alejadas a las que promovían con fervor losintegrantes de la codiciada familia que integraba. Su padre, el gran curaca Uthurunku (2), inteligente y paciente waranka kamayuk (3), nunca supo de cuestionamientos y era adorado por el ayllu (4) por sus dones de criterioso jerarca, gran humildad y notable altruismo; valores sustentados en la evidente evolución agrícola y social de la comuna y las enormes donaciones que había hecho a favor de losdesposeídos de toda la zona. Bajo su mando y adecuada programación de los trabajos comunales, sea la Mita, la Minca o el Ayni, Lucma había pasado, de ser un pueblito atrasado integrado `por ciudadanos sin identidad o mitimaes (sin tierra, en la era incaica), a una comunidad en franco desarrollo.

Su madre, Allyn Mama (5), sabia y perseverante, hábil escultora y eficiente curandera, además de suabnegada preocupación por los niños abandonados a quienes daba albergue en un wawawasi (6), se reunía periódicamente con las mujeres más pobres de la provincia y, junto a diversos maestros de arte y educación que contrataba, las capacitaba para generarles medios de ganancias y así paliar sus mayores necesidades.

Sus responsables hermanos mayores, Anka (7) y Kaballu (8), en tanto, cuando notuvieran que incorporarse al ejército del gran imperio inca, dividían su tiempo en dos quehaceres básicos: cultivar los amplios terrenos que su padre poseía y, dentro de ello, capacitar – en el manejo de herramientas como la chaquitaklla o de métodos fertilizantes como el entierro de sardinas y anchovetas - a cientos de adolescentes que se adentraban a las labores agrícolas o culto a la Pacha Mama (9),pero, además, aprender los secretos de la metalurgia, motivados por las expectativas fomentadas en torno a un metal que, se decía, abundaba en esas tierras y cuya denominación, de solo ser escuchada por los comuneros les vidriaba los ojos: el oro.

Para Antakiru, en cambio, todo era diferente. El alborotado noble, a veces tan aburrido como un oso y otras tan despavorido como una zarigueya,consumía sus días en actividades desvinculadas del prolijo andar de sus familiares directos. Su rutina, normalmente, se iniciaba muy tarde, cuando, tras desprenderse de las sabanas de su cama, se sentaba a la mesa y rezongaba por no recibir de la servidumbre el panecillo caliente de maíz, la carne de alpaca y el jugo de lúcuma fresco al que sí accedían oportunamente sus padres y hermanos por iniciarla jornada a la hora adecuada.

Luego, se dirigía a la plaza principal del poblado para reunirse con sus amigos de la villa, mozuelos que, por no tener un solo metal o enseres para el trueque, se aferraban al cobijo y manutención del inmaduro príncipe a través de la pobre mediación del lisonjeo: lo abrumaban con adjetivos y frases halagadoras que él asentía con maquillada risa.

Habitual en lapandilla era recorrer todas las comunas de la región para vaciarle su vagancia a quien encuentren adecuado, sin distingos de raza, edad o condición social, habida cuenta que su alborotado líder estaba por encima de cualquiera de los cientos de pobladores lucminos. Así, ingresaban furtivamente a un almacén para robarse víveres, violentaban las trancas de los corrales para despavorir a los...
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