Cuento. en este pueblo no hay ladrones

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EN ESTE PUEBLO NO HAY LADRONES — 1962

Dámaso regresó al cuarto con los primeros gallos. Ana, su mujer, encinta de seis meses, lo esperaba sentada en la cama, vestida y con zapatos. La lámpara de petróleo empezaba a extinguirse. Dámaso comprendió que su mujer no había dejado de esperarlo un segundo en toda la noche, y que aún en ese momento, viéndolo frente a ella, continuaba esperando. Le hizoun gesto tranquilizador que ella no respondió. Fijó los ojos asustados en el bulto de tela roja que él llevaba en la mano, apretó los labios y se puso a temblar. Dámaso la asió por el corpiño con una violencia silenciosa. Exhalaba un tufo agrio.
Ana se dejó levantar casi en vilo. Luego descargó todo el peso del cuerpo hacia adelante, llorando contra la franela a rayas coloradas de su marido, ylo tuvo abrazado por los riñones hasta cuando logró dominar la crisis.
—Me dormí sentada —dijo—, de pronto abrieron la puerta y te empujaron dentro del cuarto, bañado en sangre.
Dámaso la separó sin decir nada. La volvió a sentar en la cama. Después le puso el envoltorio en el regazo y salió a orinar al patio. Entonces ella soltó los nudos y vio: eran tres bolas de billar, dos blancas y una roja,sin brillo, estropeadas por los golpes.
Cuando volvió al cuarto, Dámaso la encontró en una contemplación intrigada.
—¿Y esto para qué sirve? —preguntó Ana.
Él se encogió de hombros.
—Para jugar billar.
Volvió a hacer los nudos y guardó el envoltorio con la ganzúa improvisada, la linterna de pilas y el cuchillo, en el fondo del baúl. Ana se acostó de cara a la pared sin quitarse la ropa.Dámaso se quitó sólo los pantalones. Estirado en la cama, fumando en la oscuridad, trató de identificar algún rastro de su aventura en los susurros dispersos de la madrugada, hasta que se dio cuenta de que su mujer estaba despierta.
—¿En qué piensas?
—En nada —dijo ella.
La voz, de ordinario matizada de registros baritonales, parecía más densa por el rencor. Dámaso dio una última chupada alcigarrillo y aplastó la colilla en el piso de tierra.
—No había nada más —suspiró—. Estuve adentro como una hora.
—Han debido pegarte un tiro —dijo ella.
Dámaso se estremeció. —Maldita sea —dijo, golpeando con los nudillos el marco de madera de la cama. Buscó a tientas, en el suelo, los cigarrillos y los fósforos.
—Tienes entrañas de burro —dijo Ana—. Has debido tener en cuenta que yo estabaaquí sin poder dormir, creyendo que te traían muerto cada vez que había un ruido en la calle. —Y agregó con un suspiro—: Y todo eso para salir con tres bolas de billar.
—En la gaveta no había sino veinticinco centavos.
—Entonces no has debido traer nada.
—El problema era entrar —dijo Dámaso—. No podía venirme con las manos vacías.
—Hubieras cogido cualquier otra cosa.
—No había nada más—dijo Dámaso.
—En ninguna parte hay tantas cosas como en el salón de billar.
—Así parece —dijo Dámaso—. Pero después, cuando uno está allá adentro, se pone a mirar las cosas y a registrar por todos lados y se da cuenta de que no hay nada que sirva.
Ella hizo un largo silencio. Dámaso la imaginó con los ojos abiertos, tratando de encontrar algún objeto de valor en la oscuridad de la memoria.
—Tal vez—dijo.
Dámaso volvió a fumar. El alcohol lo abandonaba en ondas concéntricas y él asumía de nuevo el peso, el volumen y la responsabilidad de su cuerpo.
—Había un gato allá adentro —dijo—. Un enorme gato blanco.
Ana se volteó, apoyó el vientre abultado contra el vientre de su marido, y le metió la pierna entre las rodillas. Olía a cebolla.
—¿Estabas muy asustado?
—¿Yo?
—Tú —dijo Ana—. Dicenque los hombres también se asustan.
Él la sintió sonreír, y sonrió.
—Un poco —dijo—. No podía aguantar las ganas de orinar.
Se dejó besar sin corresponder. Luego, consciente de los riesgos pero sin arrepentimiento, como evocando los recuerdos de un viaje, le contó los pormenores de su aventura.
Ella habló después de un largo silencio.
—Fue una locura.
—Todo es cuestión de empezar —dijo...
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