Cuento- la pequeña inmigrante

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LA PEQUEÑA INMIGRANTE

La diferencia entre la realidad y la ficción es que ésta debe ser verosímil .
(Mark Twain)

Alberto se despertó porque, una vez más, sintió la respiración entrecortada y jadeante de Henrietta a su lado. Pacientemente la calmó, abrazándola, aunque sintió que la angustia permanecía en ella hasta pasado un buen rato. No necesitaba preguntar nada. Yasabía que las mismas imágenes turbadoras habían irrumpido nuevamente en su sueño, como ocurría casi cada noche desde hacía unos años.

A veces, algún elemento nuevo aparecía en la escena onírica, y entonces lo comentaban, pero habitualmente todo se repetía como la primera vez que durmieron juntos, hacía 15 años. Aquella vez, como una confesión largamente callada durante el noviazgo, Henrietta lerelató su sueño perturbador, que había marcado indeleblemente sus noches desde los 12 años.

Ella tendría en el sueño unos tres años, la edad a la que vino a Sudamérica, a un país desconocido en el que no entendían su lengua recién adquirida y en el que no conocía a nadie, más que a su tía Ángela, que la había traído con ella. El viaje en barco, que había sufrido durante más de veinte días, habíasido agotador, y la tía lo había pasado casi todos los días en la enfermería del barco, el “Principessa Mafalda”, con malestares, mareos y vómitos. Recordaba risueñamente que le había preguntado a la tía por qué estaba alli, y ella la había hecho callar diciéndole que no dijera nada, pero que ahi servían mejor comida que en los camarotes de tercera clase y estaba mucho más cómoda y sin frío.

Enla sala de espera de migraciones, donde había cientos de inmigrantes italianos que, buscando mejores horizontes, huían de la empobrecida italia de posguerra, muchos le daban caramelos, conmovidos por la imagen tierna de la niña de ojos azules y bucles dorados. Ella recorría las mesas donde los hombres llenaban y llenaban formularios interminables, sin pedir nada, bajo la vigilancia atenta desu tía. Miraba entonces a los ojos a sus mujeres, que no tardaban en meter la mano en su bolso y sacar algún juguete o dulce que le entregaban con una sonrisa o pidiéndole un beso en la mejilla. Después de esperar la acostumbrada caricia en la cabeza, se retiraba brincando hasta donde aguardaba su turno la tía, que agradecía a la mujer con una leve inclinación de cabeza. Todavía recordaba elmaravilloso sabor de esos caramelos, lujo al que no estaba acostumbrada en su pueblo natal, salvo en las raras ocasiones en que los visitaba un señor de la ciudad y traía una bolsa llena para tirar a la marchanta en el patio de tierra y entonces los chicos se arremolinaban para atajarlos, espectáculo que deleitaba al hombre, que siempre guardaba para ella algunos caramelos más, ocultos en el bolsillo desu elegante chaqueta de cazador.

Pero estos eran sus recuerdos más antiguos, y lo más probable era que los supiera por el relato repetido de la tía Ángela, más que por su propia memoria en plena formación. También creía recordar que vivían cerca del Vesubio, cuya fumarola veían ascender en el cielo azul de la Italia meridional.

Pero su tía Ángela se negaba obstinadamente a hablar de susorígenes, de su verdadera madre, y hasta del nombre del pueblo en que vivían. Todos creían entender, por sus incompletas referencias al tema, extraídas con fórceps, que había tenido un desengaño amoroso y que la muerte de su hermana, dejando a la sobrina desamparada, la había empujado a emigrar en condiciones más que precarias. A su muerte, sorpresiva, en plena madurez y sin enfermedad previaconocida, se había llevado a la tumba todos sus secretos y ni siquiera había dejado un escrito, algún cuaderno donde hubiera volcado sus recuerdos del mundo que abandonó más allá del mar.

En el sueño, Henrietta de tres años, estaba en un pueblo de su Italia natal, con su plaza, su fuente central, su sindicatura y el cúmulo de bicicletas apoyadas unas sobre otras en los postes de luz. Ella,...
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