Cuento por boca de los dioses

Solo disponible en BuenasTareas
  • Páginas : 16 (3752 palabras )
  • Descarga(s) : 0
  • Publicado : 29 de agosto de 2012
Leer documento completo
Vista previa del texto
Por boca de los dioses - Carlos Fuentes

 Cuentos sobrenaturales

(Bingbingbing goteaba la cara de la ventana llorando los remordimientos ajenos, mientras yo intentaba perseguir las manecillas que empezaban —cerca, las doce— a estrangularme. Alta la ventana, bajo el techo, las paredes gemían por tocarse en una cópula de cemento; sí, se iban acercando, angostando, ésta corta, aquélla delgada,la tercera barrigona, la otra con una vagina de vidrio, único laberinto al mapa andrajoso de la Gran Ciudad. No quería mirar a través del cristal; de eso huía, encerrado aquí, siempre: de la pasta, del jamoncillo empalagoso pintado de rosa como su única sonrisa amable inmersa en el inmenso tianguis, de palacios avergonzados escurrientes de cacahuate, de la plaga de roedores vestidos de gabardina ymezclilla, abochornados de su cielo, de esos mismos roedores —natura naturata— pasados por el molino de luz neón que los convierte en grandes carroñas maquilladas, se adivina el sexo afeitado, la herida siempre abierta disimulada por el tweed, el diente falso flotando en una tumba nocturna de formol. Cuando el reloj se abraza a sí mismo, al erguirse y apretarse las dos piernas del tiempo en lamedianoche, sé que no tardarán las visitas indeseadas; están, silenciosas en la antesala de mi olvido, hasta que los pies les punzan con un ritmo oscuro, sé que el repiqueteo de la puerta, el aullar de las gargantas peludas cantando en silencio a su plexo, el falso balumboyó tropical, su tántara-ranta-tan-tán en las paredes, es un disfraz, un disimulo cortés, una invitación al chocolate de loscanónigos de ojos de serpiente, envenenado de dolor y latente de coágulos; y rasguean sin cesar, miles de guitarras, como si sus dedos mismos fueran cuerdas. ¿Qué traen en sus manos y en sus cerebros, detrás de la sonrisa y el cachondeo de los abrazos inevitables?
Una noche, quisieron introducirse como mariachis; bastó el río de gemidos —que empezó a inundar mi cuarto por el ojo de la llave ¡allí estánsiempre sus ojos, sin hálito! como si el asesinato fuera líquido— para enloquecerme y rabiar.
Y no, me lo ofrecían como sus presentes, ¡no saben de las cajas de Pandora, de las fuerzas homicidas de la mitología! La suya sigue viva, sus monstruos de jade y embolias siguen gravitando como máscaras daltónicas que sin color se pierden en el polvo y el drenaje, que corretean subterráneas para asomarsus fauces de tarde en tarde, que cabalgan por el aire secando sus montes y moviendo los puñales de obsidiana. Se esconden en los ombligos, relampaguean en los encabezados rojos, se sumergen bajo el lodo cuando vienen las invasiones; dormitan siestas seculares; en el fondo de cada callejuela, se detienen vidas, en las canas, se columpian, en los cráteres, serpentean. Siesta enorme, y cuando sedespiertan para masticar, alguien grita desde lo alto de los nopales: «¡Hemos vuelto a encontrarnos!» Vengo huyendo de ellos, de sus formas menores, y están aquí, gigantes sin más dimensión que la cólera cortés y el son reticente de las guitarras. En las calles, me miran feo, pisan mis pies, me empujan, me pintan violines y me tocan el claxon, ¡ay de observar a sus mujeres, ay de rehusar susalcoholes, ay de demostrar que mi cerebro y mi memoria no laten a su compás!).
En la escalinata de Bellas Artes, me encontré a don Diego. Casi nunca salgo de mi cuarto de hotel; cuando lo hago, ando solo, y si me acompaño de alguien, es para que me vista. Pero don Diego es un viejecillo casi enano, casi jorobado, decorado de caspa, y con un estilo de conversación que acaba por crisparme.
—¡CaroOliverio! ¡Felices los ojos! ¿Qué milagro es éste? Sin duda vienes —ah, muchachos estridentistas— a ver eso que llaman arte en el último piso. Anda, anda, acompáñame primero a la sala colonial, sabes que es mi preferida, y después te daré el gusto de recorrer juntos la de arte moderno. Pasa, pasa: de ninguna manera, tú primero. ¡No faltaba más!
En la sala colonial, don Diego discurrió largamente a la...
tracking img