Cuento

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EL MIEDO A LOS ANIMALES (1995)
Enrique Serna
1
Dormir la mona en la oficina era un hábito que
Evaristo había perfeccionado al máximo. Podía
roncar a pleno pulmón con los pies encima del
escritorio, el periódico en la cara para defenderse
de la resolana y los moscos, sin romper amarras
con la realidad. Un mecanismo de autodefensa lo
ponía sobre aviso cuando alguien rondaba por sucubículo, de manera que nunca estaba inconsciente
del todo, aunque tuviera sueños entrecortados. El
de esa mañana era lisonjero hasta la embriaguez.
En un auditorio lleno de bote en bote, la
comunidad cultural se había congregado para
rendirle un merecido homenaje. Inseguro de su
valía a pesar de la fama y los premios, no podía
evitar sonrojarse al oír la carretada de elogios que
le prodigaba laplana mayor de la intelectualidad:
«maestro de la prosa combativa», «valor
indiscutible que ha destacado en todos los
géneros», «ejemplo de vocación y amor a las
letras», «extraordinario fabulador de lo cotidiano».
Terminadas las alocuciones en su honor, que
agradecía con un comentario jocoso para aligerar la
carga emotiva del acto, los periodistas de radio,
prensa y televisión loacorralaban en el estrado,
disputándose una entrevista: Maestro, ¿cómo se
dio cuenta de que había nacido para escribir?
¿Cuáles han sido sus principales influencias? ¿Cree
que el escritor debe asumir un compromiso
político? Para todos tenía una respuesta inteligente
y rápida, acompañada por una sonrisa que
denotaba timidez, bonhomía y un radical desapego
a los reflectores: «Creo que el compromisodebe
surgir espontáneamente en el escritor, como una
respuesta a los horrores y miserias de la realidad
cotidiana. Yo me inicié como ustedes, en el
periodismo, y de ahí salté a la literatura, que para
mí no es un arte puro, sino una forma de
resistencia civil.»
Una estudiante de extracción humilde,
uniformada con morral y camisa de manta, se abre
paso entre el enjambre de reporteros parapedirle
un autógrafo. Al dárselo, Evaristo se siente en la
gloria: nada más estimulante para un escritor que
el aprecio de la juventud estudiosa, trabajadora y
limpia. Tras la muchacha viene un tropel de
universitarios, todos con un libro suyo en la mano,
que hacen a un lado a los periodistas y lo
arrinconan contra la mesa de honor. A pesar de la
incomodidad y la falta de oxígeno, disfrutaintensamente la situación. Es como si tuviera una
familia enorme, como si le hubiera nacido un hijo
en cada lector. Ignorando a la gente del noticiero
cultural y a las damas encopetadas que vinieron
desde San Francisco para entrevistarlo sobre los
atropellos a los derechos humanos en México,
Evaristo dedica toda su atención a los chavos y no
escatima afecto en las dedicatorias: Para Javiery
Marilú, compañeros, aliados, cómplices, con el
afecto de un humilde luchador de la palabra. El
calor que le transmiten los jóvenes vale más que
mil premios. Me quieren por honesto, piensa, por
denunciar contra viento y marea los crímenes del
poder. Pero de pronto el encanto se rompe: un
admirador lo jala bruscamente del brazo, otro le da
un piquete en el culo, él se vuelve parareclamarles,
cómo se atreven a tratar así a una gloria nacional,
pero el auditorio se ha quedado completamente
vacío, su gloria se ha evaporado y comprende que
del otro lado del sueño su ángel de la guarda lo está
llamando al orden. Es hora de volver a la
indignidad, a la frustración y a la cruda: alguien se
acercaba a su oficina y estaba a punto de abrir la
puerta.
—¡Qué buena vida te das,pinche intelectual
huevón! Mira nomás qué lagañas tienes. Uno en la
calle chingándole desde temprano y tú aquí
echadote.
El comandante Maytorena se encaramó de un
salto en el escritorio. Ya andaba por los 60, pero era
asombrosamente ágil para su edad. Evaristo reculó
en la silla giratoria, chocando con las persianas. El
vigor del comandante parecía emanar de la vileza
dibujada en su rostro...
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