Cuentos

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  • Publicado : 13 de diciembre de 2010
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El Bebé Olvidado
El pequeño Carl había nacido hace apenas unos meses. Su rosado cuerpo y floreciente de vida se debatía por salir del canasto. Estaba comprimido por el mimbre, y el no poder salir de esa opresión le frustraba: en conclusión, lloraba a mares. Sus lágrimas, albinas como la nieve, marcaban un claro contraste con su cuerpo débil y preocupadamente enjuto.
Abrió sus pequeños yrelucientes ojos.
— ¿No crees que está demasiado delgado?—preguntó Carlos.
María lo sostenía entre sus brazos, dándole vueltas en el aire, feliz de su maternidad, feliz; de que su hijo estuviera sano.
— No; yo lo veo muy bien. Quizás algo delgado, pero es normal, yo pesé muy poco, será propio de nuestra familia.
Y era muy cierto. Pues el árbol delgado de la genealogía de su familia, era tan flaco,que muchos de ellos parecían estar enfermos.
— ¡Rogelia!—dijo María gritando.
Rogelia era una mujer mayor, de carnes desgastadas por el tiempo, y con un rostro inanimado de lo más esquelético.
— ¿Ha llamado la señora?— dijo con su boca huesuda y cavernosa.
— Sí. ¿Sería tan amable, por favor, de encargase del niño está noche? Sé que era su día libre—confesó—, pero Carlos y yo tenemos que asistira una reunión importante—anunció con especial relevancia.
La vieja se quedó pensativa. —Claro…—-dijo casi sin fuerzas—, ¿por qué no? No tenía nada mejor que hacer— tosió preocupantemente.
A pesar de su alarmante estado no le dieron mayor importancia. Se habían acostumbrado a su imagen degradante, acentuada por su fisionomía que se asemejaba a un reloj de arena que dejó caer la mayor parte delcontenido de su vida.
Ambos se quedaron ataviándose con sus mejores galas para la congregación de esa noche.
Pasado el tiempo necesario, acabaron de arreglarse: María llevaba un precioso vestido rojo, y Carlos un traje con pajarita.
— ¡Creo que eso te queda un poco hortera!—dijo riendo mientras señalaba con el dedo la pajarita.
— ¡Cállate; tú qué sabrás!—dijo con risa contenida, y una muecaburlona… acercándose para besarla.
— ¡No aquí no!—dijo aguantando a su irrefrenable marido—. Nos puede oír Rogelia—se reía de forma picaruela.
— ¡Venga!, si seguro que está sorda como una tapia.
— ¡Carlos…!...¡Carlos!—le apartó de un breve empujón—. ¡He dicho que no!, respétalo por favor.
Carlos, fogoso de amar a su mujer, se resignó y  decidió dejarlo para horas más intempestivas.
— Venga; no teenfades mujer—intentó calmarla—. Sé esperar—comentó con una ardiente mirada mientras la cogía por la cintura.
— Ya no tenemos veinte años, Carlos. Estos juegos son para otro momento—enunció con semblante escrutador y serio. 
— De acuerdo—sin más enmudeció y cambió de rumbo la excitante escenificación.
— ¡Suena un claxon!—dijo excitada mirando a Carlos.
— ¡Ya ha llegado!—su mente buscaba unaexplicación—, ¡se ha adelantado!—dijo nervioso.
— Venga, ponte la chaqueta—señaló la negra chaqueta con la pajarita de lo más hortera.
Ambos se vistieron y se despidieron dándole un beso al pequeño.
— Rogelia—dijo María señalando unas llaves y un móvil—. Si hubiera algún problema, por favor, no dude en llamarnos; y si necesita las medicinas del pequeño Carl, están en la despensa, utilice estásllaves si ve que…
— Váyase tranquila señora María—habló educadamente—. No es la única vez que me quedo con el pequeño— le recordó sonriendo.
— Es cierto. Los nervios…
— ¡Hale! Que llegan tarde…
Los dos se despidieron de nuevo de ambos (el pequeño y la anciana) y entraron en el coche. El pequeño comenzó a llorar desconsoladamente.
Rogelia lo cogió. — ¡Shhh!, tranquilo pequeño—el bebé estabaposeído por un irrefrenable temor—. No llores, o te agriarás.
El niño lloraba en brazos de Rogelia, y unas marcas rojizas comenzaron a aparecer por todo el cuerpo.
— Echaré el candado de la puerta—un candado oxidado y robusto—. La última vez que lo intenté, casi me pillan tus papis—dijo de forma sarcástica. Daba la impresión de que el pequeño, en un llanto afligido, entendía a esa esquelética...
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