De niño me nege a leer

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  • Publicado : 27 de octubre de 2010
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De niño me negué a leer. No recuerdo los detalles ni las causas, sólo una difusa obstinación. Recuerdo también los ojos frenéticos con que la maestra agitaba delante de mí una cartilla olorosa a tinta vieja. Inútil. En medio de la consternación familiar, fue el tío Manolo quien intuyó, también difusamente, los hilos de mi rebeldía ante el nuevo modo de razonar el mundo al que intentabanobligarme, y tomó una decisión radical: dio en enseñarme a leer usando malas palabras. Durante las noches suaves de mi pueblo, se le escuchaba deletrear aquellas obscenidades con una convicción que aún me producen envidia. Desde entonces y hasta hoy he vivido en un mundo donde los parámetros del prestigio, la legalidad y lo correcto pasan por la letra impresa. No he dejado de leer libros, siempre cinco oseis al mismo tiempo. Y he tenido incluso la osadía de editarlos y escribirlos. Por eso me sentí estremecido hace unas semanas cuando, al finalizar cierta conferencia, una joven me preguntó con suspicaz tono de ingenuidad si el curso de mis reflexiones no apuntaba hacia la futura desaparición del libro. En posteriores e incómodos debates conmigo mismo, terminé por admitir que esta era una reflexióna la que me estaba negando desde hacía mucho con terquedad semejante a la que de niño opuse al acto de leer. No sé qué haría en este caso mi tío Manolo. Yo, siguiendo su ejemplo, intentaré meter la mano en lo más caliente del asunto. |
A partir de 1895, con la agresiva irrupción del cinematógrafo, el libro comenzó un proceso de reacomodo en cierta medida comparable, aunque infinitamente másvertiginoso, al experimentado por las manifestaciones orales luego de la escritura y sobre todo con la invención y generalización en Occidente de la imprenta de tipos móviles, durante el siglo XV. Han bastado cien años para que el desarrollo de los medios electrónicos amenace con hacer cambiar drásticamente el espacio del libro.
Es cierto que en casi todas partes los niveles de lectura descienden,inquietudes que hasta hace muy poco sólo los libros satisfacían han encontrado respuestas más rápidas y completas en otros destinos, la concentración y paciencia que exige toda buena lectura entran en crisis ante la velocidad y tensión crecientes con que se vive. Mal pueden competir hoy las polvorientas y pesadas enciclopedias con los sistemas multimedia de las computadoras y las autopistas de lainformación que, además de facilitar el acceso a fuentes múltiples, unen texto, imagen y sonido.
Ya no en el terreno informativo, sino incluso en el de la literatura, el libro sufre un asedio notable. El cine trajo la imagen en movimiento y, gracias al montaje, se apropió de lo narrativo, que antes la letra escrita había tomado de la oralidad. La televisión heredó el hallazgo, lo metió dentro denuestras vidas privadas y le dio una estructura reiterativa que ya la radio había madurado suficientemente y que garantiza recepción cómoda y esfuerzo mínimo, dos divisas de nuestra postmodernidad. Los sistemas de video domesticaron aún más la adquisición. Incluso, desde hace un tiempo se ha intentado con éxito relativo en el mundo desarrollado la generalización de obras literarias grabadas encassettes de audio, que pueden ser escuchados mientras se cumple cualquier tarea. A la vista de todo esto, la pregunta sería: ¿podrá el libro soportar la competencia que en el siglo XXI le impondrá el perfeccionamiento de esos medios o el surgimiento de otros por el estilo?
Vayamos con cuidado. La palabra oral nació con el hombre, es una condición ineludible de su humanidad, de su acción como entesocial. Sin voz no hay hombre y así lo certifican todas las mitologías. La palabra dicha conserva entre nosotros ahora mismo el carácter fundacional de los inicios. Todavía los niños, cuando juegan, describen con palabras las acciones al mismo tiempo que las realizan. No basta con el acto, es necesario nombrarlo para que exista.
Al contrario de lo que muchos creen, las manifestaciones orales...
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