Destructor negro

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DESTRUCTOR NEGRO
ALFRED E. VAN VOGT
Coeurl merodeaba de un lado a otro. La noche negra, sin luna y casi sin estrellas, retrocedía resistiéndose ante el rojo amanecer que iba apareciendo por su izquierda. Era una luz vaga y difusa, que no daba sensación que irradiara calor alguno, ni comodidad, sino apenas un resplandor frío, que descubría lentamente un paisaje de pesadilla. Una llanura negra ysin vida, salpicada de rocas, tomó forma ante él a medida que un sol rojo y pálido se iba asomando por encima del grotesco horizonte. Fue entonces cuando Coeurl se dio cuenta que se encontraba en territorio conocido. Se detuvo. La tensión sacudió sus nervios. Sus músculos se apretaron con fuerza contra sus huesos. Sus grandes patas delanteras —dos veces el tamaño de las traseras— se movieron conuna sacudida temblorosa, que arqueó sus garras afiladas. Los gruesos tentáculos que brotaban de sus hombros dejaron de ondular y se tensaron en estado de alerta. Meneó la gran cabeza de gato de un lado a otro, ansioso, mientras los tendones peludos que formaban sus orejas vibraban frenéticamente, comprobando cada movimiento de la brisa, cada latido del éter. Pero no hubo ninguna respuesta, ningunavibración sacudió su intrincado sistema nervioso. No había la menor señal que en alguna parte se encontrara el id tan necesario. Desesperanzado, Coeurl se agachó y su enorme sombra felina se recortó contra la línea roja del horizonte, como un reflejo distorsionado de un tigre negro que descansara sobre una roca negra, en un mundo de oscuridad. Sabía que este día tenía que llegar. Se había acercadoa través de siglos de una búsqueda incesante, cada vez más negro y amenazador. Se enfrentaba al momento inevitable en que tendría que regresar al punto de partida de su cacería sistemática, en un mundo casi desprovisto de criaturas id. La verdad le golpeó con una serie de dolores rítmicos e interminables. Cuando había comenzado la caza, había unas cuantas criaturas id esparcidas por losalrededores. Ahora Coeurl sabía bien que no se le había escapado ninguna. No quedaba ninguna que comer. En los cientos de miles de millas cuadradas que había hecho suyas por derecho de conquista (pues ningún coeurl vecino se atrevía a cuestionar su soberanía), no quedaba ningún id para alimentar el motor inmortal que era su cuerpo. Había surcado el territorio palmo a palmo. Reconocía las rocas y el puenteque tenía delante, que formaba un extraño túnel a su derecha. En aquel mismo túnel se había agazapado durante días esperando a que la serpentina criatura id se acercase para descansar al sol. Había sido su primera víctima, antes que se diera cuenta que era absolutamente necesario un exterminio organizado. Se pasó la lengua por los labios recordando el momento en que sus mandíbulas la redujeron apedazos. Pero el miedo a un universo desprovisto de id borró el dulce recuerdo, dejándole sólo con la certeza de la muerte.

Rugió diabólico, desafiador. El eco repitió su reto en el aire y en las rocas y un escalofrío bajó por sus nervios. Era una expresión instintiva de su deseo de vivir. Y entonces, bruscamente, sucedió. La vio surgir de la distancia, una mancha brillante que crecía hastaconvertirse en una bola de metal. El gran globo resplandeciente silbó por encima de Coeurl, disminuyendo visiblemente su aceleración. Pasó por encima de una negra fila de colinas a la derecha, permaneció casi inmóvil en el aire un segundo y luego se perdió de vista. Coeurl rompió su asombrada inmovilidad. Con la velocidad de un tigre corrió entre las rocas. Sus ojos negros y redondos ardían de deseo.Los tentáculos de sus orejas vibraban, transmitiendo la presencia de un id de cualidades tan tremendas que su cuerpo sintió los escalofríos de un hambre anormal. Se ocultó tras una masa rocosa y, desde las sombras, contempló las gigantescas ruinas de la ciudad extendida ante él. El sol era una bola escarlata en el ciclo negro y púrpura. El globo plateado, a pesar de su gran tamaño, parecía...
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